sábado, 27 de mayo de 2017

"Personal shopper" de Olivier Assayas


(Cartel de la película para el Festival de Cannes)

Personal shopper es una película francesa, rodada en inglés, escrita y dirigida por Olivier Assayas (París, 1955). Assayas es director, guionista y crítico de cine, sobre todo en la prestigiosa Cahiers du Cinéma. La película se estrenó en 2016 y logró el premio al mejor director en el Festival de Cannes de ese año. 

Personal shopper puede definirse como una película de fantasmas, de espiritismo o de miedo, pero es bastante más y bastante diferente a eso. Presenta la comparación absurda entre el trabajo de la protagonista, Maureen, que es personal shopper de una celebridad, y su necesidad de desconectar de la presencia de su hermano gemelo muerto. Espiritualidad y frivolidad son, pues, los dos elementos que conectan la trama. Mientras ella recibe en su interior los mensajes de la gente que ya no está a su lado, monta en moto o en tren, recorre la ciudad o va a Londres, visita tiendas de lujo, joyerías de primera y recoge y entrega vestidos y joyas. Un trabajo estúpido para un pensamiento profundo. 

Así podemos hallar otra lectura en la película. La necesidad de entender lo trascendente en un mundo de naderías. La doble vertiente de cualquier persona, a caballo entre el jajajajajaja y la introspección. La muerte como circunstancia que la vida moderna requiere ajustar en un sitio en el que no estorbe demasiado. La vulgaridad del lujo. El estímulo emocional que supone la verdadera sencillez. 

Los escenarios son, por ello, ambivalentes. La casa de campo, sencilla, con ventanas de madera, mesas de madera y suelo rústico, de la cuñada de Maureen, contra el piso de la celebridad, Kyra, lleno de muebles de estilo, tapizados carísimos y cuadros de firma. La vida de Kyra, entre aviones, y el traslado de Maureen en moto por la ciudad, cargada de lo que son artículos para su jefa. Elementos que se enfrentan entre sí y que nos hacen preguntarnos algunas cosas. Precisamente eso, preguntas, es lo que quiere sugerir el director, como él mismo ha contado. 


(Inquietante mirada la de Maureen-Kirsten Stewart)

Hay un elemento de modernidad en la película que me ha resultado interesante. En un momento dado, un personaje aparentemente secundario que luego tendrá papel protagonista, entabla una relación por whatsapp con la protagonista. Una relación comunicativa. Se aprecia la compulsión de ella porque no puede dejar de leer los mensajes del otro (de quien desconoce su identidad pero que parece conocerla a ella) y tampoco de responderle. Es esa atadura, que reconocemos en nosotros mismos, esa falta de huida porque la interconexión te deja a merced de otros y convierte en un verdadero reto tu búsqueda de aislamiento personal o tu deseo de romper con alguna persona que te está convirtiendo en un títere. 


(Maureen no puede dejar de interactuar con el desconocido que la sigue a través del móvil)

La película se presentó en la sección oficial del Festival de Cine de Sevilla 2016 y su director concedió una entrevista a Fotogramas en la que explica el sentido de su obra: 

Quería hablar de la tensión subyacente entre un mundo cada vez más materialista, una sociedad que ha perdido la fe, y la necesidad de encontrar en nuestra vida interior un consuelo para soportar la vida, el trabajo, la tristeza... Creo que hoy en día nos faltan palabras para definir esa vida interior a la que me refiero. El personaje de Kristen Stewart en la película vive un duelo, y se ve obligada a buscar en la espiritualidad el amparo necesario para soportar la muerte de su hermano gemelo. Creo que todos, en nuestra vida interior, podemos encontrar ese consuelo.


(Sencillez y profundidad en la interpretación de Kirsten Stewart)

El personaje central de la película, el que aparece en todas y cada una de las secuencias, es Maureen, que interpreta Kristen Stewart, una actriz que poco a poco va dando cada vez mayores muestras de talento e incluso de transformación física. Soporta primeros planos continuos y una acción que obliga a estar en permanente tensión. Belleza, estilo, sencillez, profundidad, hondura, todos esos adjetivos se le pueden adjudicar. Una interpretación perfecta, ajustada, sin histerismos pero con fuerza. 

Personal shopper. Director y guionista Olivier Assayas. 2016. Francia. 

Reparto: Kristen Stewart,  Lars Eidinger,  Nora von Waldstätten,  Anders Danielsen Lie, Pamela Betsy Cooper,  Sigrid Bouaziz,  David Bowles,  Ty Olwin,  Leo Haidar, Benoit Peverelli,  Fabrice Reeves,  Abigail Millar

viernes, 26 de mayo de 2017

"El cuento de la criada" de Margaret Atwood

En la edición de Salamandra de esta novela de Margaret Atwood (Ottawa, 1939), con la traducción de Elsa Mateo Blanco, la autora revela los pormenores de su creación y algunas de sus intenciones últimas. También, y esto es especialmente interesante, responde a algunas preguntas que se han formulado acerca del libro desde la primera vez que vio la luz. 

La novela, segunda que publica esta editorial de Atwood tras "Por último el corazón", anticipa un mundo imaginario en el que los Estados Unidos de América dejan de ser una nación democrática para convertirse en un estado totalitario. La cuestión aún aparece más dura y paradójica si consideramos que se centra la acción en Cambridge, Massachussets, sede de la Harvard University. 

En su introducción (que sigue a tres citas, Génesis, Jonathan Wift y un proverbio sufí), la escritora canadiense aclara que tuvo dudas acerca de si sería capaz de crear el entramado del libro, respetando en todo caso las máquinas ya existentes, es decir, sin adelantar inventos así como los hechos históricos sucedidos hasta la fecha. En este sentido se trata de una anticipación asentada en la realidad y cuya excusa nos parece muy convincente. No se puede una fiar de lo que llaman "orden establecido" viene a decirnos y por eso nada de lo que se cuenta, siendo invención, puede considerarse locura o desatino. La novela se escribió en 1984 y en Berlín Oeste, donde Atwood vivía entonces. La secuela de la II Guerra Mundial todavía podía notarse en muchos aspectos y así ella lo siente y anota. En este sentido no se trata solo de una predicción de futuro sino de una muestra de su imaginación que utiliza el tiempo histórico para expresarse. 

Otras cuestiones no son tampoco ajenas a la obra. Por ejemplo, el carácter antirreligioso de la misma por las múltiples alusiones a la religión al tratarse de un Estado Teocrático el que suplanta a la democracia en los Estados Unidos de América; o su supuesto feminismo, porque las mujeres tienen un papel crucial y no siempre bien entendido a la hora de analizarlo. Las disputas, envidias, luchas, competencias, entre las mujeres, representadas por las Tías y las Criadas, son un elemento central del libro y es desde el punto de vista de ellas desde las que se desgrana la acción. 

El personaje principal, cuyo nombre auténtico desconocemos, es una alegoría que se puede interpretar de muchas formas, pero que hace lo que todos los protagonistas han hecho a lo largo de la historia de la humanidad: relatar hechos, sucesos y pensamientos. El relato, el cuento, la tradición literaria, como forma de fijar lo que sucede, de dejar constancia de lo ocurrido y de plantear un debate sobre su sentido, su moral o su conveniencia. También su realidad o su invención. 

Sinopsis de la obra (Editorial Salamandra): 

Amparándose en la coartada del terrorismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder y, como primera medida, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres. Esta trama, inquietante y oscura, que bien podría encontrarse en cualquier obra actual, pertenece en realidad a esta novela escrita por Margaret Atwood a principios de los ochenta, en la que la afamada autora canadiense anticipó con llamativa premonición una amenaza latente en el mundo de hoy.

En la República de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela —o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir— le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la polución de los residuos tóxicos. Así, el régimen controla con mano de hierro hasta los más ínfimos detalles de la vida de las mujeres: su alimentación, su indumentaria, incluso su actividad sexual. Pero nadie, ni siquiera un gobierno despótico parapetado tras el supuesto mandato de un dios todopoderoso, puede gobernar el pensamiento de una persona. Y mucho menos su deseo.

Los peligros inherentes a mezclar religión y política; el empeño de todo poder absoluto en someter a las mujeres como paso conducente a sojuzgar a toda la población; la fuerza incontenible del deseo como elemento transgresor: son tan sólo una muestra de los temas que aborda este relato desgarrador, aderezado con el sutil sarcasmo que constituye la seña de identidad de Margaret Atwood. Una escritora universal que, con el paso del tiempo, no deja de asombrarnos con la lucidez de sus ideas y la potencia de su prosa.

Título original: Tha Handmaid's Tale
ISBN: 978-84-9838-801-5
Número de páginas: 416
Tipo de edición: Rústica con solapas
Sello editorial: Salamandra
Colección: Narrativa
Traducción: Elsa Mateo Blanco

Biografía de la autora (Editorial Salamandra): 

Margaret Atwood (Ottawa, 1939) es una de las escritoras canadienses de mayor renombre internacional. Autora prolífica, ha cultivado diversos géneros literarios y su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. Entre sus novelas destacan, además de El cuento de la criada, que ahora presentamos con una nueva introducción de la autora, Ojo de gato, Alias Grace y Oryx y Crake, que fueron finalistas del premio Booker, un galardón que obtuvo con su décima novela, El asesino ciego. Ha recibido también el Governor General’s Award, el Premio Montale, el Premio Príncipe de Asturias de la Letras, el Premio Crystal, el Premio Nelly Sachs, el Premio Giller y el National Arts Club Literary Award. La serie televisiva de El cuento de la criada se ha estrenado en abril de 2017.

martes, 23 de mayo de 2017

"Yo también soy una chica lista" de Lucía Lijtmaer

En realidad siempre me ha pesado el arquetipo de feminista igual a fea. Feminista igual a desesperada. Feminista igual a loca. Lo reconozco. A estas alturas no sé qué es el feminismo, no le he dedicado tiempo y me he desenvuelto en un mundo de hombres (de eso sí soy consciente) como buenamente he podido. Ahora pienso si no me equivoqué, si no me ha faltado algo de instrucción.

Los libros de autoayuda se parecen entre sí como una gota de agua a otra. Como una gota de agua mineral a otra. Son frases que nunca podríamos negar, obviedades que todos sabemos que rara vez se cumplen. Nos convierten en héroes de nuestra propia historia y la historia en general nos dice que, en el concierto de la vida, hay protagonistas y actores secundarios. Ser secundario no gusta a nadie. Pero es la verdad y hay que aceptarlo o, quizá, convertir en estelar ese pequeño papel que te ha tocado. Al fin y al cabo, es pequeño pero es tuyo. Y es el que tienes.

Lucía Lijtmaer parte de los supuestos del feminismo para dar un golpe en la mesa, de igual forma que las mujeres se dan un Golpe en la Cabeza el día que descubren que las cosas no son iguales para los hombres que para ellas. O para nosotras, si quiero ser exacta. El que yo no haya encontrado trabas en mi vida profesional no significa que, en lo personal, no sea consciente de techos, cristales, charcos y otros inconvenientes. Y tampoco significa que no sea solidaria con otras mujeres que sí tropiezan a menudo. La solidaridad es el elemento que cierra el libro con un toque de esperanza. Las cosas van mal, viene a decir, pero si nos fijamos bien en lo que ocurre, hallaremos una fuente fértil de aprendizaje y de superación. Y esa fuente no es otra que nosotras mismas, no solas, no individuales (o también) pero sí (también) en grupo. En lugar de la archisabida competencia entre mujeres lo suyo es hacer piña, es entender que echarnos piedras unas a otras es derribarnos en modo meteórico.

El libro se escribe con humor porque, como hoy mismo hablaba yo con mis colegas en el desayuno (fértil desayuno al aire libre en mañana de airecillo prometedor) no se puede hablar en serio de cosas que llegan a ser tan dolorosas. Por ejemplo, la rendición ante la necesidad de mantener la belleza a pesar del paso de los años. Por ejemplo, la invisibilidad de la mediana edad en adelante. Por ejemplo, el amor grotesco, gruñón y fuera de servicio de algunas mujeres por hombres que están ausentes de todo sentimiento. Por ejemplo, las luchas por sobrevivir en el áspero mundo laboral. Por ejemplo, la servidumbre a modas y a esta suerte de esclavitud que nos quiere convertir a todas en "chicas" cuando somos mujeres.

Algunas recetas: hablar y contarlo todo; no sucumbir al desafío de la mujer callada; huir del sufrimiento estéril; dejar de sentir que la perfección es algo obligado para nosotras; protestar, luchar, seguir, vivir, con y para nosotras mismas.

Yo también soy una chica lista. Lucía Lijtmaer. Editorial Destino. 2017

La amargura es un pájaro con las alas quebradas



Si comparto contigo lo que siento hallaré sin duda un tiempo de descanso en el estío. Me mirarás con gesto de entenderme y sabré que tú sola has llegado a la misma conclusión: de nada sirve asomarse a una puerta cerrada. Nos sentaremos al abrigo del sol, de frente hacia la brisa que inunda lo que somos y así las dos firmaremos la paz con nuestras vidas. Somos esto y ya nadie tendrá capacidad de hacernos otras. La belleza no es nada, no hace falta ser listas, tan solo conocer el efecto que causa el agua cuando transcurre lenta y cuando es un torrente. 


Me contarás historias. Algunas tendrán el tibio sabor de la derrota. No aprobaré nunca esa asignatura, me dirás con gesto distendido. Porque ya no te duele saber que has suspendido aquello que buscaste y que nunca fue tuyo. Por mucho que golpee con ese llamador de estilo antiguo una puerta entornada, no habrá paso, ni hueco, no podré asomarme a contemplar el resto, solo vislumbraré una luz y esa luz será otoño casi siempre, no dará paso al fulgor del verano. Pero ya no lo dices con gesto de amargura y una sonrisa estalla al final de ese párrafo. Has vencido a la duda. Ya sabes lo que eres.

(Imágenes de Francine van Hove)

domingo, 21 de mayo de 2017

Los celos son cosa de mala educación


En 1923 el pintor William Henry Margetson creó esta pintura (Lady arranging flowers, 1923)  y retrató a una mujer en el acto de colocar las flores en un jarrón. Los anglosajones son muy aficionados a la jardinería. Cuidan sus jardines y les gusta llenar sus casas de flores frescas. Lo cuenta siempre en sus novelas Agatha Christie y algunos asesinatos transcurren de forma muy escueta en los exteriores. En cambio, en los libros de Jane Austen los jardines solo son el escenario de las conversaciones, el telón de fondo, el lugar en el que las personas hablan y desvelan sus intenciones. En esto de gozar del aire libre y de la belleza de las flores los habitantes de la Europa del Sur somos menos exquisitos: basta con flores de papel, de tela y, qué horror, también de plástico. Antonio Gala dejó a una novia porque encontró flores de plástico en el adorno de su casa. Intransigencia que no puede extrañarnos si uno es un personaje extremado y quiere seguir siéndolo. Sabemos, en estas tierras, muy poco de jardines, menos de arreglos florales, apenas del nombre de las flores y nada de esa actitud diletante, suave y displicente que ofrecen mujeres como esta del retrato. Ninguna de nosotras pasea por sus jardines concentrada en sus cosas, dorando su mirada a pleno sol, guardando sus ojos bajo el ala del sombrero. En sitios así es más llevadero sufrir por amor, aunque quede antiguo, trasnochado y esté fuera del alcance de la gente común. Sufrir es un lujo. 

Una mujer así como la del retrato, tan dulcemente ataviada, con este vestido de gasa transparente, debajo del cual se intuye una combinación de seda; con la rodilla apenas apoyada en el cojín de tornasol; con una mano graciosa en la cadera y la otra apenas detenida entre las flores, una mujer así nunca estaría celosa, nunca sentiría un nudo en el estómago ni la sensación desesperante de que está haciendo el más absoluto ridículo. Esta mujer, una mujer así, tendría presentes las enseñanzas de su madre cuando le decía, con ojos entornados y una copa de vino entre las manos, que del amor al ridículo hay un solo paso que no debe recorrerse nunca. 

No. Esta mujer nunca tendría celos. Dominaría su corazón y lo convertiría en su esclavo. Esto has de sentir y esto has de vibrar, no te escapes. No cedería a la tentación de maldecir una elección fallida y no tendría temor de sí misma. Las cosas fluirían con el encanto permanente de su propia actitud. Ella no se engañaría. No se traicionaría. No sería nunca una mujer equivocada. O, si lo fuera, esa equivocación quedaría siempre de puertas para dentro, nadie tendría que observarla, nadie la oiría lamentarse, nadie le diría que es una pobre mujer desengañada. 

Los ingleses para esto son muy suyos. En años de literatura han conseguido forjar un arquetipo que permanece y que lo llevan casi en el ADN. La firmeza, la guarda de sus sentimientos, el amparo a sus propias dudas y quejas. Todos los trapos sucios se lavan dentro y no hacen suya ninguna de esas latinas fantasías de desgarradoras quejas intempestivas que tanto molestan a los espíritus sensibles. Aquí no tiene nada que hacer Anna Magnani, ni Sophia Loren, ni hay fuentes que traspasar, ni Marcellos que esperar. Más bien estos ingleses, de espíritu tan práctico que inventaron la máquina de vapor, toman al pie de la letra los versos de Hernández, el nuestro: "Arrancarme de cuajo el corazón y ponerlo debajo de un zapato". 

viernes, 19 de mayo de 2017

"Padre"


Si todavía me escuchas
donde estás
quizá pueda decirte que, de nuevo,
se ha cubierto de flores el almendro
ese que no existía en el jardín de casa.

Si mi voz es posible que te llegue
a cualquier parte
sería el momento de hablarte de las rosas,
pequeñas rosas blancas de arriates
que no tuvimos nunca cerca.

Porque no eras hombre de jardines
sino de tibio sudor desconsolado
porque tuviste las manos abiertas al olor de las flores
sin que ninguna flor te acompañara nunca
quizá quieras saber 
que desde que te fuiste
se marcharon también los pobres árboles
la cansada palmera del camino
las hojas
y un suelo de hormigón duro recubre
el pequeño rincón que tú regaste.

A la sombra de un lazo violeta


Las tardes tenían un denso tono amarillo porque el calor se aposentaba en ellas y no se marchaba hasta bien entrada la noche. Los amaneceres sorprendían a todos en medio de un sueño tardío y sudoroso. El pueblo se aletargaba en verano y extendía su placidez como una cinta dorada al borde la carretera. Las tareas diarias, las compras, el trabajo, el vino del mediodía, todo se convertía en un ejercicio lento, demorándose los sentidos que sólo parecían despertar en la madrugada, cuando, por fin, un fino manto de transparente rocío lo cubría todo. Así, las horas se escribían con el paso cansino de los rayos del sol, que, día a día y sin descanso, presidían la vida del pueblo. 

La casa poseía una gigantesca alberca, un espacio húmedo y fresco, teñido de azul, encajado en la huerta a la que daban las habitaciones de atrás. Un lugar privilegiado, único. Las habitaciones tenían una pequeña terraza, suficiente para sentarse a esperar que el cielo se cerrase, que las estrellas lanzaran sobre la casa su frialdad, que el sueño llegara. Algunos días, en las fiestas, las noches y las madrugadas eran otra cosa, lucían otro color. Las muchachas se lavaban el pelo con champús de colores y se aplicaban después unas gotitas de vinagre de manzana para dejarlos más brillantes y sedosos. Luego, los secaban con cuidado y los adornaban con lazos, horquillas, diademas, para que acompañaran sus vestidos nuevos, hechos a medida o comprados en Madrid. 

Estaba aquel vestido naranja, con florecitas pequeñas y un gran escote, con mangas apenas esbozadas y una falda amplia, ceñido a la cintura con un lazo violeta. Era un hermoso vestido que daba una luz especial a las noches de feria, cuando salían en secreto de la casa, escondiendo los zapatos de tacón y la barra de labios, haciendo movimientos de ballet para no producir ruido alguno. Justo en la puerta de la casa, cerca de la esquina de la calle, los chicos esperaban con un viejo coche prestado y blancas camisas de algodón, arremangadas hasta el codo. 

Una vez hubo una boda y rompió la rutina de los días, la marcha cadenciosa de los paseos, el ritmo de las compras, la secuencia de las charlas al anochecer. Abrió un espacio nuevo en el que durante varios días no se habló de otra cosa. La novia llevaba un vestido cuajado de margaritas y llevaba más margaritas blancas en las manos, con los tallos largos y firmes. La tarde aún no había colocado en el horizonte su franja azulada cuando la novia cruzó el umbral de la iglesia entre susurros y pasó, erguida, entre varias muchachas que llevaban vestidos de fiesta y peinados nuevos. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

Todas las aguas


Escribí un cuento sobre una fuente que estaba en el patio de recreo de un colegio y unas niñas que cuidaban una rosa improvisada con el agua de esa fuente. En los colegios, la fuente es el lugar de encuentro, el paraíso de la conversación, el juego más inocente y más entusiasta. Los niños se acercan sudorosos a beber después de la gimnasia y antes de las clases. Y en los recreos la fuente está siempre rodeada de rostros ávidos, de manos inquietas. Cuando pensé en escribir un cuento sobre el agua no tuve duda de eso: la fuente de los recreos es el agua más deseada de todas. 

Podría mirar el agua todos los días de mi vida. El agua de un río, con su discurrir plácido o aventurero. El agua del mar, cambiando de color a cada hora. El agua de un torrente, con su pizca de asombro. El agua del grifo, que te riega las manos y te salpica la ropa. El agua es la naturaleza casi en su totalidad y, si no está cerca, se cierne sobre todo un quejumbroso silencio, porque falta el runrún que ella produce y que llega a convertirse en un compañero inapreciable. Viví cerca del mar durante años y luego busqué un río donde mirarme. Un pequeño mar que en el mar desemboca. 

A veces cruzo los puentes de esta ciudad de ahora y miro el transcurrir de las aguas en sus orillas y me parece que no soy extranjera, que el agua es la misma en todos los lugares y que esta de aquí se ha unido, en ocasiones, con la verde-azul que recuerdo en sueños. El agua dulce y el agua de la mar salada como si tuvieran las dos un mismo vestido que ponerse, una misma ocasión para salir al aire y extender su murmullo. Así quisiera oírte, mar, océano, rumor de olas, mareas, entresijos de los manantiales, golfos y estuarios, cabos y rocas llenas de verdín, esteros, inmaculadas aves, astutos peces que se escapan y puestas de sol ardiente, eclipses de luna sobre la bahía y miradas encendidas que nunca debieron terminar de ser. 


sábado, 13 de mayo de 2017

Juego sucio


(Firth Avenue at Twilight. 1910. Lowell Birge Harrison. Instituto of the Arts. Detroit. USA)

Tenía una memoria azul y transparente. De ordinario, podía guardar en ella sabores, olores y sonidos, pero no rostros, apenas nombres, casi nunca hechos. Solo sensaciones inexplicables o difíciles de clasificar. Una memoria de lo etéreo, de lo que sobrevuela, de lo que se escapa a lo inmediato. Una memoria de la intuición, de lo que permanece con el paso del tiempo porque es una pequeña semilla que anida y se cubre de otras. 

Cuando entró en aquella forma de vida que no le pertenecía sintió miedo porque era algo que se escapaba de las manos. Todo el tiempo tuvo miedo. Esa era la palabra más suya. Miedo a hacer algo mal y a hacerlo bien. Miedo a perder nada y a perderse. Ese miedo que aparecía de madrugada y que se escribía con palabras que no reconocía como suyas. Alguien había hecho brotar un punto de vista que nunca antes encontró ni hablado ni escrito. Nada de eso me importa, solía decirse. Pero luego, cuando quería escaparse, se topaba con un enorme espejo en el que veía reflejado otro rostro. Y entonces todo volvía a empezar, como una rueda espesa y circulante que no tiene manera de detenerse. Nada la detenía. Empezar. Otra vez empezar. Y el miedo. 

Pero no soy yo, se decía. No soy yo y de esto no entiendo nada. No sé nada. En ningún sitio está escrito que yo tenga que formar parte de esta representación. Este inmenso teatro, absurdo y lleno de rendijas por las que entra un frío glacial y un calor insoportable. Las noches y los días y todas las horas tenían interrogaciones que no podía contestar. Así que las preguntas dejaron de existir. No hay preguntas, tampoco respuestas. Esto es así. Es el miedo. Y te persigue. Te ronda. Te secuestra. Te devuelve a la sombra. La sombra había comenzado así, en un lenguaje antes no hallado, en una mirada que se trasmutaba en perversión. Las cosas no existían antes. Ya no recuerdo nada de lo que fui. 

El fondo del azul se convierte en negro. A pesar de la oscuridad, quizá hay un silencio que lleva algunos resplandores. Haces de rojo, de naranja, de rosa. Los colores de la vida antes de esto. Antes del miedo, la vida tenía otros colores. Se pintaban cada día al compás de las cosas. Esas cosas que ya no reconozco. Pero están ahí, al borde del abismo que debo sortear si quiero verlas. Escribe esa esperanza, se decía. Dedícale los pensamientos que gastas en pensar que no eres nadie. No mires a uno y otro lado de esa zanja. No tienes nada que ganar con ello. Así son estos tiempos. No te dejes sobornar por el vacío. No existe. Ni el miedo. No sirve. 

"La edad ingrata" de Henry James


Mi deuda de gratitud con Henry James (Nueva York, 1843- Londres, 1916) es impagable. No solamente por las obras que escribió, sino por el magisterio que ejerció sobre escritores (y escritoras) que forman parte de mi universo literario. Leer a Henry James es una delicia. Y "La edad ingrata" es buen ejemplo de ello. Me gusta además cómo este hombre realiza una introducción de lo que vas a leer con una cantidad de claves literarias y lingüísticas que resultan tan interesantes como el contenido mismo. En el ejemplar que manejo (una edición de 1996 de Seix Barral-Biblioteca Breve), la traducción es de Fernando Jadraque. 

La pintura que ilustra la portada del libro merece especial atención. Es una encantadora imagen de John Singer Sargent (Florencia, 1856-Londres, 1925), que representa a "Mrs. Fiske Warren y su hija Rachel". Este pintor es muy conocido por parte de todos los aficionados al flamenco, pues dejó algunas muestras de esta temática que son verdaderamente notables. La serenidad de la que dota a las dos mujeres, y que se observa con claridad en los primeros planos, no está exenta de expresión. La madre mira al espectador con un gesto indescifrable mientras que la hija desvía la mirada y parece querer ocultarse en la figura anterior. Un prodigio de transmisión de sentimientos casi ocultos.


("Mrs. Fiske Warren y su hija Rachel".Detalle)

Es precioso comprobar la calidad de la pincelada, el gesto cómplice de la hija y la madre, así como sus expresiones. Si nos fijamos, la hija tiene una mirada grave que poco acompasa con su edad y es la madre la que esboza una sonrisa y, sobre todo, una mirada pícara, verdaderamente curiosa. A veces los hijos se transforman en nuestros padres. 

El propio James, en el prefacio, explica el motivo de escribir lo que él pensaba que iba a ser un libro "cautivadoramente flaquito", y se convirtió en un "libro gordo". El motivo no es otro que "la percepción que inevitablemente servidor había tenido de la tribulación surgida en ciertas mansiones amistosas y para ciertas madres prósperas ante el a veces temido, a menudo demorado, pero nunca plenamente impedido, acceso a primera línea de alguna borrosa hija llegada a la edad de merecer". 

Es un conflicto social, pues, el que está en la base del libro. Y una ciudad, Londres, que era entonces ya más que una ciudad. Un hervidero de situaciones, personajes y actos que podían ser interpretados o, lo que es mejor para un escritor, malinterpretados a conveniencia.La riqueza de esas situaciones es la base de la novela y de otras muchas obras. Como Nueva York, Londres ha generado una literatura que es un género en sí misma. Tradiciones y costumbres de la buena sociedad, la de siempre, enfrentadas a los arribistas, gente venida a más que olvida algunas normas elementales y que necesita ser introducida en los usos adecuados.


(Londres a mediados del siglo XIX)

Los matrimonios dispares que la movilidad social y el ascenso de determinada clase comercial por medio del logro de fortunas de desigual origen fomentaban, dan lugar a estas disyuntivas que James se plantea en las relaciones humanas. La inteligencia social es el elemento que ofrece una suficiente argamasa como para hacer posible la convivencia de grupos y personas de procedencias distintas, biografías dispares e intenciones, a veces, perversas, en el sentido menos patológico del término. Pero no todo el mundo está dotado de esa inteligencia. Y aquí surgen los conflictos psicológicos y personales que el escritor aborda en muchas de sus obras, a modo de retratista íntimo de convenciones y fórmulas que no siempre traían la felicidad.


(Retrato de Henry James) 

Los hechos que se suceden en el libro tienen amplios matices. Detalles que parecen anecdóticos se van sumando para obtener un cuadro completo de la red de intereses que sustenta a los grupos humanos que en él se retratan.

Es como si el escritor hubiera observado el comportamiento de todos ellos a través de una lente de aumento y así, hasta las pequeñas cosas, adquieren un relieve inusitado. Nos es dado contemplar toda esa suerte de ritos que acompañaban la vida de los grupos sociales en esa ciudad cambiante que era Londres entonces, una ciudad sobre la que Henry James escribió repetidamente. 

"The Awkward Age" publicada inicialmente en 1899, vio la luz por primera vez en castellano con esta edición de 1996. El cambio de siglo y la amenaza de los advenedizos está presente constantemente en su desarrollo. Un entramado de relaciones personales, con los sentimientos en primera línea, con el que dirán enfrentado a los deseos y con las diferencias generacionales al punto, son el adobo de un guiso que no puede resultar más brillante ni lleno de sorpresas.

Concebida a modo de obra de teatro, donde los distintos actos están presididos por espacios físicos diferentes, son los diálogos los que señalan la acción, ellos los que indican cómo son y qué piensan los personajes a los que el autor ha colocado en medio del caos sin darnos mayores indicaciones ni avisos. Confía en nuestra inteligente adivinación y por eso leerlo es un ejercicio de equilibrismo literario sin pausa. 

La protagonista del libro es Nanda, una muchacha que, ávida de aventuras y de vivir su propia vida, tiene sin embargo el sentido común suficiente para saber elegir el hombre adecuado e, incluso, para ayudar a su madre y conducirla por terreno seguro. Esa madre, Mrs. Brookenham, era considerada por Henry James como el mejor personaje femenino que había construido. 

Breve biografía de Henry James: 

Autor y ensayista americano, Henry James fue uno de los grandes escritores de finales del siglo XIX, conocido tanto por sus novelas y relatos cargados de tensión psicológica como por sus ensayos sobre teoría literaria.

Henry James pasó la mayor parte de su vida en Europa, sobre todo en París y Londres, llegando a obtener la nacionalidad británica, pero su juventud la vivió en Estados Unidos, estudiando en universidades como Harvard y Cambridge. Sus estudios literarios le fueron de gran utilidad a la hora de explicar detalladamente su proceso creativo. 

Sus obras se caracterizan por describir personajes de gran fuerza interior, con caracteres muy complejos,  así como por la combinación de ideas y situaciones a caballo entre la vieja Europa y los Estados Unidos. Como crítico literario, James fue uno de los renovadores del estudio de la novela y apostó por una nueva interpretación del desarrollo y la relación del autor con el lector, como se puede leer en su ensayo más importante, El arte de la novela. Además, también se adentró en el mundo del teatro, tanto en la crítica como en la propia dramaturgia.

Para él no fue fácil que se aceptaran su forma de escribir y su estilo. Todo lo contrario. La recepción de su obra en vida no fue del agrado de los críticos y durante la primera mitad del siglo XX recibió numerosas críticas negativas que con el paso del tiempo han ido desapareciendo hasta reconocer la calidad de sus textos.

Varias de sus novelas y relatos han sido adaptados al cine con gran éxito, como Otra vuelta de tuerca, La heredera, La copa dorada o Las bostonianas. La heredera es, en realidad, Washington Square, y ha sido llevada al cine con los dos títulos. La primera versión, la que lleva por nombre La heredera, fue interpretada por Olivia de Havilland y Montgomery Clift. En la segunda, más reciente, se ha utilizado el nombre original de la novela pero no le llega a la primera versión en fuerza dramática y puesta en escena. El último plano de la primera versión, con Clift golpeando la puerta de ella para que lo deje pasar, bajo la lluvia y el frío de la noche, es uno de los momentos dramáticos de mayor intensidad de toda la historia del cine. Representa la asunción, por parte de  la protagonista, de su realidad: una mujer fea a la que un hombre ha intentado hacer ver que la quiere para quedarse con su fortuna. 


(Montgomery Clift y Olivia de Havilland en "La heredera" de 1947) 

Sus libros: 

La bestia en la jungla 2016,  Lo real 2014,   El comienzo de la madurez 2014,  Pandora 2014,   La locura del arte 2014,   Los matrimonios 2013,   La tercera persona 2012,  Gabrielle de Bergerac 2012     ,Relatos 2012,   Daisy Miller 2011,  La confesión de Guest 2011, Confianza 2011,   Nueva York 2010   ,Adina 2010 , 13 cuentos de fantasmas 2010,   El fondo Coxon 2010 , Eugene Pickering 2010 ,    Compañeros de viaje 2010,     Historia de una obra maestra 2010 ,   Cuadernos de notas 1878-1911 2009,   La madona del futuro 2006 , Sir Dominick Ferrand 2000 , El último de los Valerios y otros cuentos 1997,   El mejor de los lugares 1993 (2013),      La venganza de Osborne 1991, La torre de marfil 1917 (2003) ,El arte de la novela 1914 (2001) ,    La protesta 1910 (2010),  Julia Bride 1909 (2016) ,  La copa dorada 1904 (2010),    La vida privada y otros relatos 1903 (2007) Los embajadores 1903 (2008),   Los periódicos 1903 (1998),  Las alas de la paloma 1902 (2004),   El alumno 1900 (1991),   La fontana sagrada 1900 (2005),   En la Jaula 1898 (1995),  Otra vuelta de tuerca 1898 (2010) ,   El expolio de Poynton 1897 (2007), Lo que Maisie sabía 1897 (1995),   La figura de la alfombra 1896 (2008), La otra casa 1896 (2007) , Los amigos de los amigos 1896 (2007),   El altar de los muertos y otros relatos 1895 (1999) ,  La muerte del León 1894 (2008) ,  Nona Vincent 1893 (2012),   Londres 1893 (2008),  La lección del maestro 1891 (2008), El eco 1888 (2001),  El mentiroso 1888 (2005),     El sitio de Londres 1888 , Los papeles de Aspern 1888 (2009) ,  La princesa Casamassima 1886 (1999) ,Las bostonianas 1886 (2007),    Pobre Richard 1885 (2009),   El autor de Beltraffio 1884 (2008), El retrato de una dama 1881 (2009),   Washington Square 1880 (2010) ,   Diario de un hombre de cincuenta años 1878 (2004) , Los europeos 1878 (1999),  Cuatro encuentros 1877 (2007),   El americano 1877 (2003),    Roderick Hudson 1875 (2009) ,  Madame de Mauves 1874 (2007), El protector 1871 (2010),   Guarda y tutela 1871 (2008),   Un peregrino apasionado y otros cuentos 1871 (1998) 

jueves, 11 de mayo de 2017

Mujeres solas


(Enrique Ochoa)

Mi amiga se queja de la rivalidad que otras mujeres le manifiestan. Es una profesional brillante y, en su terreno, ha cosechado algunos éxitos. Nunca ninguna mujer me ofrece ninguna oportunidad de trabajo. Ese es el verdadero problema, dice, la rivalidad que sentimos y demostramos las unas por las otras. Nos ponemos la zancadilla, nos miramos de reojo. Yo misma suelo criticar a las mujeres que, por alguna razón, he considerado rivales. Y eso nos desune. Hay una carga de energía negativa que me cansa. Por el contrario, los hombres no entran en ese juego. Ellos se refuerzan unos a otros. Se apoyan. Y nosotras perdemos demasiado tiempo en odiar a las demás. 

Es una tarde nubosa y con amenaza de lluvia que se aviene muy bien con el café en el que estamos, con poca gente, música inapreciable y una camarera silenciosa. Cada una de nosotras guarda preocupaciones suficientes como para acaparar la conversación, pero las dos hemos aprendido que incluso el silencio tiene significados más allá de las palabras. Y que hay cosas que no es necesario especificar. Así, en lugar de contarnos nuestras vidas, hacemos filosofía, creamos un pensamiento al que cada una llena con su propia vivencia. 


(Kirchner)

Yo creo que hay otro problema mayor, le dije. Y tiene que ver con nosotras mismas, no con las demás. Es el control de nuestras emociones. Mejor dicho, el descontrol. Cualquier vaivén amoroso nos pone sobre ascuas y nos hace dejar de ser lo que somos. Cualquier desengaño nos frena. Cualquier dolor nos detiene. No sabemos lo que queremos si no es a través de un hombre al que amemos. Ese es el verdadero problema, le repetí. Lo otro es un añadido. Quizá una consecuencia. Es el miedo a mirar dentro de nosotras lo que hace que nos volvamos al exterior. Si alguien me considera fea, mi referencia serán las guapas. Y si me consideran torpe, volveré mis ojos a las inteligentes. No entenderé que las opiniones de los demás son solo eso, opiniones, gustos, pensamientos. Pero que no soy yo, ni tienen que ver conmigo en realidad. 

La tarde ha decidido convertirse en tormenta. El cielo se ha vuelto gris, de ese gris oscuro que no tiene rendijas. La lluvia descarga sin piedad. Somos mujeres solas. No llevamos paraguas. Nuestros pies están casi desnudos, las sandalias van a convertirse en fosfatina si pisamos el suelo con este aguacero. La ligera blusa y la gabardina de primavera no serán nada ante el viento del suroeste que empieza a soplar con toda su fuerza. Ambas nos sentimos nerviosas. A ninguna de las dos nos gustan las tormentas. Pero no vamos a escondernos debajo de la cama. Esta vez no. 

lunes, 8 de mayo de 2017

De par en par, abierta la ventana...


(Marc Chagall)

Un manojo de nubes engañosas y el aire que se coló sin verme. Eso fue lo que tuvo en vilo tantas horas sin saber que era fácil desprenderse de todo. El verde de las hojas flameaba en una tarde de esperanzas llena. En el zócalo gris de la ventana había una mariposa irreverente, cuyas alas se abrieron al compás de los ecos. Esa casa de chimenea apagada, de tejado en pizarra convertido, de pared blanca, de festones rojos, esa casa te ansía y no lo sabe. Así que el árbol se esparza sin miedo, en silencio de luz, de madrugada, así la tarde llene su silencio de una voz que yo espero y que no llega, de una voz que existía y que temblaba. 

"Lady Macbeth" de William Oldroyd.


(Anna, la criada, trenza las cintas del corsé de Katherine, a modo de símbolo de una vida resguardada)

Lady Macbeth, la ópera prima del cortometrajista William Oldroyd en el mundo del gran cine, no es una apología del empoderamiento femenino, ni tampoco un relato de costumbres, ni un romance novecentista, ni tiene nada que ver con las historias de amor desgraciado de Emma Bovary, Ana Ozores o la Karenina. No. Es una película de cine negro, camuflado en un tiempo, 1865, en el que todavía no se había inventado la gabardina. Un argumento que comienza mostrando la indefensión de una muchacha, cuya familia la ha vendido (junto con una parcela que no sirve ni para alimento de vacas, según su marido) en un matrimonio desigual. Su esposo no solo es un hombre mayor, sino un hombre impotente, un presunto incapacitado sexual. La escena que arranca la película lo dice todo: noche de bodas, camisón blanco, mujer desnuda, hombre que se mete en la cama y se da la vuelta. 


(La soledad de la alcoba es el elemento inicial que impulsa el comportamiento de la protagonista)

Será precisamente esa actitud de su marido lo que a Katherine la haga pensar. Su poder físico consiste en lograr que los hombres la deseen. Y por eso va a desobedecer a su suegro, que quiere tenerla en casa y con la pata quebrada; y saldrá al aire libre, a los paisajes románticos que envuelven una casa minimalista, blanca y sin adornos, una casa fría, muy fría, donde ella no tiene otra cosa que hacer que sentarse con la espalda recta en un sofá de madera dura. El corsé que asfixia la vida de Katherine se aliviará cuando su marido y su suegro se ausenten de la casa. Entonces ella recorrerá los campos que rodean la casa y, sobre todo, experimentará la pasión con uno de los criados de la casa, un mozo de cuadra, el escalón más ínfimo entre la servidumbre, Sebastian, con quien tendrá encuentros en la cama matrimonial y a quien, desde entonces, colocará el yugo de pertenecerle para siempre. 


(Katherine y Sebastian comienzan viviendo una historia de amor que se transforma en posesión y en pérdida de la libertad)

El descubrimiento de la pasión amorosa tiene para Katherine un efecto de convulsión personal. Es una suerte de venganza, un derecho que cree natural y una situación que abrirá la puerta a lo que, quizá, se nos había escapado a todos. Y por eso tratará por todos los medios, incluidos los menos lícitos, de mantener esa valiosa posesión. Contra la voluntad de Sebastian, que asiste, atónito, a esa enorme manipulación de su situación personal, a esa impostura. Otros personajes tienen en la trama un papel crucial, como Anna, la criada, un personaje fastuoso, con una mirada única, que es, quizá, la persona a la que Sebastian debería haber tendido en una circunstancia lógica. Esos paseos clandestinos de Sebastian, siguiendo a Anna, por el exterior de la casa, son la antesala del paseo final, este lleno de desgracia y oprobio. 

El desenlace es, como no podía ser menos en una tragedia que comienza como un drama de costumbres y sigue en forma de thriller, espantoso, extraño e impensable. Como si el mago de Aladino hubiera dejado escapar toda la fuerza del tesoro oculto en la lámpara y luego no hubiera forma humana de volver a guardarlo. 

FICHA TÉCNICA:

Lady Macbeth
Director: William Oldroyd
Basada en la novela de Nikolai Leskov, ambientada en la Rusia zarista. Aquí la guionista la sitúa en el sur de Inglaterra en el año 1865. 
Guión: Alice Birch
Música: Dan Jones
Fotografía: Ari Wegner
Productoras: Protagonist Picture, Sixty Six Pictures

Reparto: Florence Pugh, Christopher Fairbank, Cosmo Jarvis, Naomi Ackie, Bill Follows, Ian Conningham, Paul Hilton, Golda Rosheuvel, Rebeca Manley. 


domingo, 7 de mayo de 2017

"Correspondencia" Gustave Flaubert y George Sand


Las cartas que se cruzaron durante años Gustave Flaubert (1821-1880) y George Sand (1804-1876), recogidas en un volumen titulado Correspondencia. 1866-1876 por Marbot ediciones,  son un ejemplo claro de lo que nos deja como legado la correspondencia entre escritores. Opiniones sobre el mundillo literario, sobre libros y autores, pero también sobre la vida, los sentimientos y la cotidianeidad. George Sand, que se casó y divorció del Barón Dudevant y tuvo varios amantes, entre ellos Alfred de Musset y Chopin, mantuvo sin embargo con Flaubert una relación casi fraternal, en la última recta de la vida de ambos. 



(Gustave Flaubert)

Flaubert era un tipo raro. Misántropo, lleno de manías, aferrado a su necesidad de alcanzar la perfección como escritor. Solitario, había sufrido mucho con su enfermedad, la epilepsia, y con la muerte de sus seres más allegados, sobre todo la de su madre, a la que estaba muy unido y en cuya casa familiar de la Baja Normandía, en Croisset, vivió y murió. También él había tenido escarceos amorosos con una escritora, Louise Colet, poeta, con la que cruzó numerosas cartas durante diez años, pero esa relación no se plasmó en matrimonio. Flaubert era un sacerdote de la palabra, casi un anacoreta. Sus dos obras más reconocidas Madame Bovary y La Educación Sentimental, destilan esa extraña melancolía, ese pesimismo básico que deja mal sabor de boca. 

George Sand, en cambio, era una mujer vitalista, a quien le encantaba viajar, conocer gente, hablar y compartir opiniones. Su presencia en los salones de París era frecuente y, mucho más desenvuelta y menos perfeccionista a la hora de escribir, ha dejado multitud de libros y una existencia mucho más rica en acontecimientos. 


(George Sand)

Su originalísima costumbre de "vestir de hombre", un adelanto de lo que el futuro traería en cuanto a atuendos femeninos, adoptada a partir de su divorcio, hizo posible que se moviera en ambientes diversos, algunos de los cuales no eran fáciles de ser traspasados por las mujeres. Ella disfrutó de esa transgresión y así conoció de cerca la vida y sus protagonistas desde muchos puntos de vista. 


(Castillo de Nohant)

Al igual que Croisset y la casa familiar eran un templo para Flaubert, para ella su territorio más amado estaba en el departamento de Indre, cerca de Ruán, donde llegó a tener un castillo situado en Nohant. Allí vivió sus últimos años. Ese apego a la tierra y a la madre lo comparte sin duda con Flaubert y bastantes más cosas habrá de compartir cuando su correspondencia era tan continua y cuando la confianza entre ambos era muy importante en sus vidas. Un hombre desconfiado y una mujer que había pasado por diversos avatares se encuentran y logran forjar una relación especial y llena de matices que les hicieron disfrutar de lo que tenían en común y aún de las diferencias de opinión. 

Yo soy de la vieja escuela, me meto en la piel de mis personajes. Me lo reprochan, me da igual. Usted, no sé si por método o por instinto, sigue otro camino. Lo que usted hace le funciona; Por eso me pregunto si diferimos en la cuestión de las luchas interiores, si el hombre-novela las debe tener o si no hace falta que las conozca. Me sorprende usted siempre con su trabajo penoso. ¿Es una coquetería?

(Carta de George Sand a Gustave Flaubert

No me sorprende del todo que no entienda usted mis angustias literarias. Yo mismo no las entiendo. Pero existen, y son violentas. Ya no sé cómo hay que hacer para escribir, y apenas llego a expresar una centésima parte de mis ideas después de infinitas tentativas. No tiene demasiado arrojo, su amigo de usted. En absoluto. Llevo dos días enteros dando vueltas a un párrafo sin lograr acabarlo. Me dan ganas de llorar. ¿Le doy pena? Pues imagínese a mí mismo. 

(Carta de Gustave Flaubert a George Sand

En este ejemplo de un cruce de cartas entre ambos escritores se puede apreciar con claridad la diferencia literaria entre ambos. La facilidad que tenía Sand para ponerse "en la piel" de sus personajes y, a partir de ahí, dejar fluir la narración. Esto hizo que escribiera mucho más que su amigo. La novelista se "sorprende" con el sufrimiento que le causa escribir a Flaubert y así se lo deja de manifiesto. No logra entenderlo. La respuesta de Flaubert abunda en esa dificultad dolorosa que siente el novelista a la hora de escribir. "Me dan ganas de llorar" dice, como si fuera un niño. Son dos modelos diferentes, dos resultados diferentes y, no cabe duda, dos personalidades casi opuestas, que, sin embargo, lograron encontrar un punto de afinidad que les llevó a entenderse incluso en los terrenos en los que ambos tenían más disparidad, esto es, la creación literaria, el proceso que lleva intrínseco la escritura.

sábado, 6 de mayo de 2017

"Arden las redes. La poscensura y el nuevo mundo virtual" de Juan Soto Ivars


El libro comienza más atrás. En las épocas anteriores a la nuestra en las que la censura funcionaba como una máquina de picar carne. Así, el autor del libro se para en dos ejemplos, digamos, de censura clásica. Una de cada lado. Esto es una constante en el texto, tratar de buscar un equilibrio entre los unos y los otros para que nadie pueda pensar que la censura cae de un solo perfil ideológico. Todo lo contrario. Así lo afirma Ivars una y otra vez. La censura es cosa de todos, parece decir. 

El ejemplo de la URSS y de la censura comunista está representado con el caso del escritor Bulgákov, cuyo estilo satírico no pasó el listón trazado por el régimen. Un régimen en el que el sentido del humor estaba proscrito. A las dictaduras en general el humor les parece una ofensa, una transgresión imperdonable. La historia tristísima de Bulgákov así lo confirma.

De ahí un salto a la censura franquista. Los censores en la época de Franco eran gente individual que cogían la tijera y cortaban donde a ellos les parecía mejor. Eran censores muy personalistas y eso generaba indefensión. No sabías por donde iba a venir el corte. Aunque, como suele ocurrir, los escritores aprendieron rápido mil y una formas de sortear el problema. Y algunos lo lograron. 

Desde esos ejemplos el libro se desplaza a la censura de la prensa, primero desde el Estado y, en la actualidad, a su juicio, convertida en autocensura debido a lo que él llama "la cobardía empresarial". No se trata ya de una censura preventiva sino de no publicar en los medios determinadas cosas que no son del gusto de los conglomerados mediáticos, las empresas multiocupación que se han adueñado de los periódicos, las radios y las televisiones. Esta autocensura mediática funciona a todo tren en estos momentos y a esa falta de libertad real que él atribuye a los medios convencionales, opone la posibilidad de mantener cierta rebeldía e independencia en otros medios nacidos al calor de Internet. 

Todas estas censuras organizadas son una cosa y la poscensura es otra. La poscensura no es más que el resultado de la democracia virtual, de la web 2.0 ó 3.0, de la posibilidad de cualquier persona de utilizar herramientas que le confieren un altavoz con incidencia en ámbitos amplios, más allá de su propia familia o grupo de amigos. Los muchísimos medios que existen ahora para ejercer el derecho de expresión han traído, según el autor, y como hecho paradójico, una menor libertad para expresarse, precisamente a causa de esos millones de ojos vigilantes que se erigen en censores globales, en defensores de lo políticamente correcto, del lenguaje general que no admite matices y que actúan de censores espontáneos. El problema de esta censura o poscensura es su repercusión. Un tuit puede multiplicarse en escasos minutos. Y otro problema es el anonimato. No tenemos forma de saber, en principio, quién está detrás de esas iniciativas que pululan por la Red, ya sea en forma de Facebook, Twitter o cualquier otra red social. Es una censura sin reglas, sin control, que aparece en cualquier momento y sobre la que es difícil legislar y normalizar. 

La poscensura que define Ivars actúa como un bloque homogéneo, aunque no lo sea, en contra de un individuo, en una especie de solo ante el peligro que él ejemplifica con algunos casos concretos: Migoya, Frisa, Vigalondo, Cremades, Zapata, Titiriteros. El de Jesús Quintero con aquella entrevista a José María García que nunca pudimos ver ocupa un espacio amplio en el libro. Ivars ha hecho algo, aparte de narrar los sucesivos casos y tratar de explicar por qué sucedieron: ha conectado con muchos de los protagonistas, tanto con los censores como con las "víctimas". Y acaba concluyendo que los primeros son "gente normal", algunos de los cuales ni siquiera esperaban esa repercusión. ¿Se pone así del lado de los poscensores? Esto admitiría algún debate, alguna discusión al respecto.

Lo que es cierto es que las vidas que en algún momento se situaron en la diana de estos movimientos han cambiado, la mayoría, a peor.  Y que se ha instalado una prevención hacia Internet que, en el jolgorio inicial, no existía. La condición de Gran Hermano de las redes no es nada comparado a su poder de diseminar mierda, viene a decirse. Y luego está el ambiente, enrarecido, de las redes, que asusta a muchos. Y un círculo curioso: gente que censura y, a la vez, es censurada. La censura del Estado y la censura sin Estado. Para pensar. 

Título: Arden las redes, La poscensura y el nuevo mundo virtual
Autor: Juan Soto Ivars
Sello: DEBATE
Precio sin IVA: 6.60 €
Precio con IVA: 7.99 €
Fecha publicación: 04/2017
Idioma: Español

En papel y en e-book

Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) es escritor, periodista y asiduo de las redes sociales y ha publicado varias novelas, libros de ensayos y relatos. Con Ajedrez para un detective novato obtuvo el Premio Ateneo Joven de Novela en 2013.

"La mancha humana" de Philip Roth


La mayoría de los personajes que traza Philip Roth tienen algo repulsivo, difícil, complejo y que me hace detestarlos. Sin embargo, cuando comienzo a leer un libro suyo no puedo parar, siempre me lanzo y me sumerjo en la lectura y me arrastra de una manera que no tiene explicación. O sí. La escritura sin más. Lo leo y me hago siempre la misma pregunta ¿cómo es posible que escriba tan bien? Y sigo preguntándome cómo logra inventar esas tramas que se dan la vuelta a poco que lo esperes y te dejan anonadada. Roth es un escritor excepcional al que hay que perdonar que cuente cosas desagradables y que te haga pensar cosas tristes, desabridas o llenas de sentimientos negativos. 


En "La mancha humana" la historia es tan paradójica, el argumento es tan funestamente irónico, que te hace reír y cabrearte a la vez. Coleman Silk es un profesor universitario, un especialista en lenguas clásicas y un hombre que ha luchado por poner en lo más alto una pequeña universidad y que comete el error de calificar de "humo negro" a dos estudiantes de su clase que no han aparecido todavía por allí. Dos estudiantes negros. Eso desatará una campaña en su contra por aquellos que califican de racista el comentario. Y por todos los que los secundan porque no se atreven a disentir. Y por sus enemigos antiguos. Y por sus nuevos enemigos. En fin, por la sociedad que rodea la pequeña comunidad universitaria. El disgusto será tan enorme para su esposa que va a morir todavía joven y fuerte. Y, a partir de ahí, Coleman Silk, como le explica a Nathan Zuckerman, el novelista que está retirado en la zona, alter ego de Roth y narrador de la historia, su vida cambiará. El propio Coleman será quien le pida a Nathan que escriba lo ocurrido y, para ello, tiene que confesarle acontecimientos de su vida pasada y presente, cosas que, quizá, no debería haber sacado a la luz. 

El escritor quiere poner de manifiesto que la ola de corrección política, que afecta al lenguaje hasta en sus más mínimos extremos, puede desencadenar acontecimientos no deseados. El ostracismo, el aislacionismo, la desintegración, la muerte social, la muerte física. Un río de maledicencia y de rumores que puede arrastrar a cualquiera, incluso al ciudadano mejor considerado. Detrás, desde luego, se esboza que no todo era tan idílico y que, quizá alguien aprovecha la situación para sacarle partido. Es decir, que detrás de esas matanzas de la dignidad personal hay un interés particular y no la defensa de ningún ideal. 

Pero, una vez sentadas estas premisas, el libro no acaba ahí y la historia inicial se convierte en un pórtico, un lugar que deja entreabierta la visión de algo bastante más enjundioso. Aunque el problema de racismo del que Coleman es acusado se manifiesta de forma permanente en el libro, no es esta la cuestión, al fin y al cabo. Quizá la manera en que los hombres se enfrentan al paso del tiempo o al rechazo de sus semejantes. Quizá el libro hable de la fortaleza moral necesaria para escribir la historia de cada uno sin que resulte un apéndice a la historia de otros. Cuando Coleman Silk decide liarse (no hay otra palabra) con la desgraciada Faunia Farley está dando una patada a la corrección. Y, a partir de ese momento, ya todo puede desarrollarse por terrenos no trillados, no previsibles. Porque entrará en acción un hombre duro que no tiene nada que perder, el exmarido de Faunia, Lester Farley. 

Un elemento inesperado hará su aparición en la narración y, además de confundirnos, trastocará la visión que el lector tiene de los personajes y hará que la duda se instale ya hasta el final del libro. Como si se tratara de un laberinto minoico, he aquí que el detalle principal se nos ha hurtado. Así lo hizo también Agatha Christie en El asesinato de Roger Ackroyd, una brillante estratagema. 


Robert Benton dirigió una versión cinematográfica del libro, con Anthony Hopkins y Nicole Kidman de protagonistas. El libro se publicó en el año 2000 y la película se estrenó en 2003, lo que da cuenta del interés que suscitó la narración. En el papel de Lester Farley aparece Ed Harris y en el de Nathan Zuckerman, el actor Gary Sinise. La música, uno de los elementos fuertes de la cinta, es de la gran Rachel Portman


viernes, 5 de mayo de 2017

El libro de la almohada de la dama Sei Shônagon


   Sei Shônagon fue dama de compañía de la emperatriz del Japón Sadako, allá por el año 1000. No se sabe cuál fue su nombre real, porque Sei Shônagon significa "Consejera menor Sei". Pertenecía a la noble familia Kiyowara y su padre fue poeta y gobernador de una provincia. En un ambiente cultural refinado ella desarrolló su inteligencia y llegó a ser una mujer muy culta, admirada por ello. En estos años en Japón se vive la era Heian, que ocupa desde 794 hasta 1192. La sede imperial era la preciosa ciudad de Kioto, entonces llamada Heiankyo, que mantuvo esta condición hasta 1867.

  El libro de la almohada o Makura no Sôshi, no es solamente  un texto que relata con detalle minucioso y esa elegancia propia de los orientales, todo lo que acontece en la vida de la corte, incluyendo aspectos relativos a la naturaleza, las comidas, las costumbres... Es más que eso, primero por la espontaneidad y verdad con la que está escrito, ya que su autora no pretendía hacerlo público. Segundo, porque trasciende el género del diario o nikki, para convertirse en el inicio de un género nuevo, el zuihitsu, o ensayo misceláneo. No solamente cuenta lo que pasa, sino lo que piensa. Todo lo que en la cabeza de la dama Sei tenía alguna relevancia aparece incluido en el texto. El libro tiene, en su original, 301 anotaciones, divididas en misceláneas, diario propiamente dicho y ensayos. 


  El libro incluye aforismos, ensayos sobre algunos temas, catálogos de plantas, pájaros, y también listas. Hacer listas de las cosas que te gustan o te disgustan, de las cosas buenas o malas, es una tendencia que comparto. Sei Shônagon añade estas listas a su diario de una forma natural y muy comprensible. Formaban parte de su juicio acerca de la vida de la que ella era protagonista dentro de la corte imperial. Son apuntes, visiones instantáneas, con un estilo directo pero depurado, lleno de imágenes literarias. Hay que decir que estamos en el momento histórico en que el japonés se convierte en lengua de uso para la prosa, ya que antes solamente se usaba el chino (el idioma del saber entonces, como el latín para nosotros) y el japonés se reservaba para pequeños poemas sin mayor trascendencia.

   El tercer día de la tercera luna me gusta que el sol luzca brillante y calmo en el cielo de primavera. Entonces es el tiempo en que los durazneros florecen y ! qué espectáculo! Los sauces también son más atractivos durante esta estación, con sus tiernos brotes aún entornados, cual gusanos de seda en sus capullos. Luego de que las hojas se han abierto, las encuentro sin donaire; en realidad, todos los árboles pierden su encanto una vez que sus flores empiezan a dispersarse. (3. Mitsuki Tsuitachi Wa)


   Junto a este libro, cumbre de la literatura clásica japonesa, está otro también escrito por una mujer. Se trata de Genji Monogatari, o El relato de Genji, de Murasaki Shikibu. Su visión de la vida de las mujeres es muy crítica y exenta de ese aire pacífico y nimbado de claridad que aparece en la obra de la dama Sei. Ambos se complementan y constituyen hitos en la literatura japonesa. El papel de las mujeres en este tiempo es fundamental. Ellas son los lazos más ciertos con la cultura, la poesía, el arte de las flores o la observación de la realidad. Se educaban de una forma esmerada para emparentar con la familia real y a través de este gineceo es como la familia de los Fujiwara dominaba el organigrama del poder. Eran intermediarios del poder real, el efectivo poder, a modo de validos poderosos. Y lo conseguían a través de uniones en las que la belleza y la cultura de la mujer tenían papel esencial.

   Encuentro odiosos a los hombres que creen que las mujeres que sirven en el palacio están condenadas a ser frívolas o perversas. Sin embargo, supongo que su prejuicio es comprensible. Después de todo, las mujeres de la corte no pasan el tiempo ocultas modestamente, detrás de abanicos y biombos, sino que salen y miran abiertamente a la gente que tienen oportunidad de conocer. Sí, ellas miran a cada uno, cara a cara, no sólo a las damas de compañía, sus iguales, sino que incluso a Sus Majestades imperiales, cuyos augustos nombres no oso mencionar siquiera; a los altos nobles de la corte, a los cortesanos mayores, y a otros personajes de alto rango. (20. Seiryôden no ushitora no sumi no)

   Una de las aportaciones más interesantes del libro se refiere a las opiniones de la autora sobre hechos, conductas y personas. Las organiza en función de sus preferencias, aquellas que le parecen detestables, que le llegan al corazón, que le producen ternura. También intercala poemas propios, al hilo de la narración:

   Si bien pedís que retorne,
¿cómo abandonar estos
lotos bañados de rocío
y regresar a un mundo
de pesares tan lleno?

(Poema sobre un pétalo de loto. 31. Bodai To Iu Tera Ni)

  La editorial Alianza publicó en 2015 una versión del texto, con prólogo de María Kodama y traducción de María Kodama y Borges. El interés de Borges por el mundo japonés quedó patente desde siempre. Ambos seleccionaron los pasajes significativos del libro y así se presentó en la edición castellana. La propia María Kodama en el prólogo explicaba el sentido del libro, que incluía, en el original, multitud de aspectos que podían hacernos entender la vida de la corte, pero también otros de estilo más intimista, más anecdótico. Nada se escapaba a la aguda observación de Sei Shônagon.

 (Textos del libro extraídos de la traducción de Iván A. Pinto Román, Oswaldo Gaviria Cannon e Hiroko Izumi Shimano, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo editorial, 2002)