sábado, 19 de agosto de 2017

"Harriet" de Elizabeth Jenkins


Intenso, demoledor, desasosegante, duro, frío, terrorífico. El libro de Elizabeth Jenkins te ofrece un comienzo engañoso. Parece que todo se reduce a una muchacha mal dotada intelectualmente, pero con dinero, y a un tipo egoísta y necesitado de pasta. Pero no es verdad. Nada es tan sencillo. El juego de personalidades enfrentadas en esta novela exigiría un estudio psicológico y mucho tiento para discernir a qué se debe la extraña relación entre los hermanos Oman, Lewis y Patrick; o la soterrada envidia plagada de angustia que vive Alice en relación con Harriet; o el papel de Clara, obtusa, sumisa pero, al fin, liberada del peso de un enorme secreto.

Harriet es una chica acomodada por la herencia de su padre. Su madre está casada en segundas nupcias y trata cariñosamente a su hija, comprende sus limitaciones, acepta sus caprichos y sabe que, en el fondo de su cerebro opaco, hay bondad y deseos de ser feliz. Quién no quiere casarse de blanco y con sedas...

La madre de la muchacha sospecha, sin embargo, que nadie se acercará a su hija con buenas intenciones. Y teme que, si aparece en el horizonte uno de esos tipos relamidos y manipuladores, ella caiga sin remedio, porque sueña, esa facultad que no ha perdido y que la va a abocar a la desgracia. Permitirse soñar es un lujo si una no es suficientemente avispada.

Por eso su madre luchará con todas sus fuerzas para evitar que caiga en manos de un atractivo caza fortunas sin escrúpulos. No logrará nada. Esto no es Washington Square y lo que allí se desliza con lentitud segura al melodrama casi feminista, con esa sutil venganza de la heredera, aquí es suciedad, miseria, canallada en estado puro. Lo que Lewis y su hermano Patrick hacen con Harriet, con la ayuda de Alice y de Elizabeth es, sencillamente, un crimen.

La novela se escribió en 1934 y constituyó un enorme éxito. Recreaba un hecho real, eso que tanto gusta a los públicos e incita a los escritores. El misterio de Penge, así llamado, asombró a la sociedad victoriana allá por 1877. Pero las historias de seducción y engaño son el pan nuestro de cada día y la búsqueda de una buena posición económica por parte de los desaprensivos no deja de ser un lugar común que pervive hasta nuestros días. Un hombre guapo y sin dinero siempre tiene la tentación, sobre todo en esos tiempos en los que el beneficio era poco y el oficio ninguno, de lanzar la red para que caiga en ella alguna mujer inocente, crédula y, por supuesto, con una buena dote económica. Lo que no es tan usual es el encarnizamiento con que Harriet es tratada, la forma cruel y devastadora en la que ella y su hijo sucumben a la maldad de los otros.

Comienza siendo una historia de casamientos y amoríos para terminar en un drama judicial, condenas incluidas. El mal sabor de boca que nos deja a los lectores las acciones llevadas a cabo por esa banda sin principios, que en ningún momento es capaz de sentir culpabilidad por lo que han cometido, es mérito de la autora, que conduce la narración de la forma más verídica posible. No hace falta, no obstante, añadir demasiado. Este es uno de esos casos en que lo hechos hablan por sí solos. 

Harriet de Elizabeth Jenkins. Ediciones Alba. Colección Rara Avis. Traducción de Catalina Martinez Muñoz. Septiembre de 2013

Elizabeth Jenkins (1905-2010), tuvo padres ilustrados y una buena formación. En la Segunda Guerra Mundial asumió un activo papel ayudando a refugiados judíos y a víctimas de los bombardeos en Londres. Además, fue una de las fundadoras de la Jane Austen Society. Escribió las biografías de Jane Austen, Lady Carolina Lamb, Henry Fielding e Isabel I de Inglaterra. 

Su primera novela fue Virginia Water, 1929. A continuación escribió Harriet, que recibió importantes premios y tuvo una acogida fenomenal. Siguió escribiendo novelas hasta su muerte, con ciento cinco años. 

lunes, 14 de agosto de 2017

"Amy e Isabelle" de Elizabeth Strout


Elizabeth Strout es la autora de Me llamo Lucy Barton que aparece reseñado en otro lugar de este blog. Nació en Maine, en 1956, pero vive en Nueva York desde hace años. Esta es su primera novela. Hay que recelar de las "primeras novelas" que salen a la luz ante el éxito de las segundas o terceras. Pero, en este caso, no hay motivo. Amy e Isabelle es aún mejor que Me llamo Lucy Barton. Especialista en relatos y cuentos que publica en revistas y que la han llevado a ganar el Premio Pulitzer (Olive Kitteridge), su personalidad a la hora de escribir hace el efecto de una llama que atrajera a las mariposas. Es, sencillamente, única. 


En Amy e Isabelle se cuenta la historia de una madre y una hija, pero también la de toda una comunidad. Los personajes que transitan por el libro no son felices y ninguno hallará más que una especie de rutina confortable a lo largo de su vida. No hay falsas esperanzas, no hay optimismo. Tampoco desesperación, sino el transcurso ritual de las horas y los días, al abrigo de un pequeño pueblo en el que se sabe todo y en el que todo tiene un sentido propio, que muchos desconocen. La mirada de Strout es compasiva. Entiende las reacciones de la gente, a veces terribles; entiende los defectos y los malos actos. Pero no deja de observar y de sacar a la luz toda la podredumbre que, a veces, encierra el alma humana. La vida cotidiana exige valentía y eso es lo que relata, al fin y al cabo, la autora en este libro. 


Isabelle guarda una historia dura y lleva una vida de mierda. Ambas circunstancias definen su conducta y también sus pensamientos. Ya no puede permitirse soñar pero Amy, su hija, es un hilo de luz aunque ella no quiera admitirlo. Por eso se destroza el precario equilibrio que existe entre las dos (como suele ser común entre madres e hijas) cuando la madre descubre que tiene relaciones con un profesor de matemáticas. Amy no ve nada sucio ni turbio en esas relaciones y nosotros, los lectores, nos quedamos sin saber qué piensa él de todo eso. Solo conocemos lo que hace, intimar con Amy, besarla cada día, llevarla a casa, hacer que conciba ilusiones y, por fin, tener un acercamiento sexual que es descubierto accidentalmente por el jefe de Isabelle, el hombre por el que ella suspira sin motivo. 


La reacción de la madre será doble: contra el hombre que ha abusado de su hija, según ella piensa y contra su propia hija a la que ve en peligro de ser lo que ella misma es, una mujer sin ilusiones y sin vida. Por eso tomará las tijeras y arrasará con aquello que Amy más valora, lo que la convierte en una chica diferente a las otras, lo que la singulariza: su pelo. El hombre se marchará sin decir adiós y nunca sabremos qué pensó, por qué lo hizo, qué sentía. Un canalla, un solitario, un enfermo, un sentimental...Eso queda en el aire y nada nos acerca a su pensamiento. Salvo que se marcha del pueblo para siempre y nunca contestará la llamada ansiosa de Amy que no es capaz de dejar de pensar en él. 


Aunque tarde, Isabelle aprenderá algunas lecciones: que los hijos no son una continuación de los padres ni están condenados a pagar por sus pecados; que existen amigas que no pedirán nada a cambio por compartir una noche de pijamas; que la soledad pueda llevar a engaño y a pensar que un hombre es más de lo que es y más de lo que sueñas. Por su parte, Amy, abrirá la puerta de la adultez a través de este enfrentamiento con su madre y entenderá que ha vivido una realidad distinta a la del profesor y, sobre todo, buscará en su "otra familia", algunas razones que todavía no entiende. 



Amy e Isabelle. Elizabeth Strout. Seix Barral. Biblioteca Formentor. Traducción del inglés por Juan Tafur. Mayo de 2017. 

(Ilustraciones de la película de TV del mismo nombre de 2001 y foto de la autora y el libro)

jueves, 10 de agosto de 2017

"Un bolso y un destino" de Leigh Himes

Comprarte un bolso de Marc Jacobs puede ser, en ocasiones, la puerta de un pasadizo secreto al que accedes en cuanto te caes de las escaleras mecánicas. Eso le pasó a Abbey Lahey que se despertó convertida en la señora Abbey van Holt, de los van Holt de toda la vida. Su marido antes de caerse era Jimmy, un trabajador por cuenta propia, que regenta un vivero. En cambio, cuando despierta, a su lado está Alex van Holt, amadísimo hijo de Meribelle y candidato al Congreso de los Estados Unidos.

De ser una madre trabajadora y en apuros porque el dinero no llega o el tiempo no estira, Abbey se trasmuta en esposa de candidato, con servicio, coche con chófer y un cuerpo curtido a base de entrenamiento personal, pasar hambre y confiar en un buen cirujano.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Detrás de la fachada de triunfadores de los van Holt subyacen conflictos no resueltos, emociones que no encuentran salida y aburrimiento, mucho aburrimiento. Claro que esto mismo le pasa a los Lahey que, encima, sudan para pagar las facturas. Sin embargo, las cosas tienen que acabar poniéndose en su sitio y así aprenderemos que en la vida cada uno tiene un papel que jugar y un sitio que ocupar, siendo ambas cuestiones, a veces, muy aleatorias y dependientes de la suerte. Un oportuno golpe en la cabeza pondrá de nuevo a cada personaje en el lugar que le corresponde no sin que antes Abbey, la única consciente de la historia, nos haya hecho disfrutar, y cómo, de todas las peripecias que pueden vivirse en ese cambio de galaxia, de los extramuros a las familias de buena posición.

El libro es muy divertido. Se lee pasmosamente bien. Está, eso es obvio, gentilmente escrito, porque si no fuera así, ni la historia ni la risa lo salvaría. Entretiene y distrae lo cual es mucho en algunos de nuestros días. Y hace desfilar ante nuestros ojos una buena dosis de glamour en forma de zapatos de Laboutin, diseños de Stella McCartney y, sobre todo, de un maravilloso bolso rojo Kelly de Hermés que está guardado, oh tristeza, en una caja de cartón alojada en un gigantesco vestidor. Algunas escenas, porque así nos parecen a la vista, son delirantes, como la de los dos hermanos gays que se dedican a vestir bien a la dama cuando hay actos de campaña. O los encuentros familiares en casa de los van Holt, que nadie querría para sí. Los dos hombres del relato, Jimmy y Alex, se salvan de la crítica. Uno es conformista, poco expresivo y sin distinción; el otro, elegante, tierno, educado y buena persona. Pero los dos la quieren. Y ella considera que eso es, en este mundo que vivimos, una enorme suerte.

Un bolso y un destino. Leigh Himes. Maeva. Traducción de Mar Vidal. 2017. 

miércoles, 9 de agosto de 2017

En otoño vuelan libros

Una de las cosas más divertidas de cada año es husmear por las novedades bibliográficas que vendrán con el nuevo curso. Desde finales de agosto hasta finales de año, las editoriales se sacuden el polvo y la modorra, para adentrarse en la aventura de presentar nuevos productos, libros que llamen la atención, que susciten comentarios, que impulsen el boca a boca. Eso de encontrar algo que se va a convertir, con la ayuda de todos, en el libro del año. 

Este año de 2017 tiene ya sus avisos correspondientes y estoy viendo portadas que anuncian alegrías. No me pararé en los best-sellers que los cronistas de los periódicos van a reseñar, o que las editoriales van a propulsar a bombo y platillo. Tampoco en los libros premiados, esos que todos sabemos que, salvo excepciones, se quedan en las estanterías una vez comprados. 

No. Os hablaré de los libros que espero leer porque son de autores que me gustan, porque tienen títulos especiales, porque me fío de sus editores o porque me da en la nariz que me van a gustar. He aquí algunos. Los primeros que surgen. Un lugar pagano de Edna O´Brien, saldrá en agosto de la mano de Errata naturae que ya ha publicado otros cuatro libros de esta imprescindible escritora. Las sillitas rojas fue el último pero antes vieron la luz Las chicas de campo, La chica de ojos verdes, Chicas felizmente casadas. Las sillitas rojas me parecieron algo decepcionantes pero la trilogía de las chicas es bestial. Veremos por donde circula este de ahora aunque me espero lo mejor.


Luego están los Cuentos completos de Henry James que Páginas de espuma sacará en tres tomos o el nuevo Paul Auster, 4321, de Seix Barral. Espero también a Margaret Atwood, con Salamandra, que publicará Alias Grace. Esta misma editorial nos va a traer de Zadie Smith, Tiempos de swing.

John Banville aparece como él mismo y no como Black (el último Quirke fue fantástico), con Regreso a Birchwood, de Alfaguara, su editorial de siempre en castellano. Me va a interesar leer las Memorias de abajo, de la pintora surrealista y escritora Leonora Carrington, inglesa nacionalizada en México y que vivió entre 1917 y 2011. Se cumple, pues, el centenario de su nacimiento. 

La última autora que quiero comentaros es Stef Penney, cuyo libro La ternura de los lobos me gustó muchísimo. Ahora aparece Bajo la estrella polar y lo publica en España Harper Collins Ibérica. De momento, ahí queda eso.




martes, 8 de agosto de 2017

"A Virginia le gustaba Vita" de Pilar Bellver


Vita Sackville-West y Virginia Woolf son dos mujeres interesantes e influyentes que aquí se encuentran porque la autora del libro recrea a su modo y con su estilo una historia de amor que fue real. Lo que comenzó siendo un relato con el mismo título, incluido en la antología Ábreme con cuidado (Dos Bigotes, 2015), se ha convertido en esta novela, publicada por la misma editorial y cuya cuarta edición vio la luz en junio de 2017. El trasfondo de la acción ya lo conocemos. El apasionante periodo de entreguerras, la novedad que supuso para la adormecida élite cultural inglesa la aparición del grupo de Bloomsbury y ese ir y venir de personajes que se escribían cartas, se enamoraban, se odiaban y vivían. 

El libro tiene una curiosa estructura. Cuatro cartas de desigual longitud cada una de las cuales forma un capítulo: La tela azul, El cuadro, La virgen, La anunciación. Después, un apéndice titulado La tela azul del cuadro de la Virgen de la Anunciación, que no forma parte de la novela, pero que la autora incluye a modo de apéndice documental. Por último, la bibliografía y las notas a la bibliografía, ya que, aunque es una obra de ficción (así se avisa) está basada en personajes y en hechos reales. 

La tela azul es la carta primera y la que envía Virginia Woolf a Vita Sackville-West, desde Londres al castillo de Knole a primeros de diciembre de 1925. En aquel momento Virginia tiene cuarenta y tres años y Vita treinta y tres. La carta, como todas las demás, tiene numerosas notas al pie, para dar cuenta de detalles que complementan el texto de la misma. El cuadro es una carta que escribe Vita a Harold Nicolson y que va desde Knole a Teherán a mediados de diciembre de 1925. Nicolson era el marido de Vita y la autora hace hincapié en la especial complicidad que los unió toda la vida a pesar de que ambos eran homosexuales y tenían sus propias relaciones. Hay que decir que, además de Virginia, Vita fue amante de Rosamund Grosvenor, Violet Trefusis y otras mujeres. 

La tercera carta, es decir, el tercer capítulo es La virgen y se trata de la carta de Virginia a Vita, enviada desde Londres a Teherán, a finales de enero de 1926. En la carta, Virginia habla de amor, de deseo y se queja de que Vita se escapara de su lado en lugar de disfrutar de su pasión compartida. Se hace alusión en la carta a las relaciones que tuvo Virginia antes de conocer a Vita y también a otras relaciones de Vita que Virginia conoce directamente o por confidencias de su amiga. 

El cuarto capítulo se titula La anunciación y es una carta de Vita a Virginia, enviada desde Teherán a Londres a principios de febrero de 1926. Los cuatro capítulos siguen así, un orden cronológico en lo que se refiere a las cartas y, por tanto, a los acontecimientos, que están centrados en un espacio temporal corto pero que tienen luego idas y venidas de forma que el caleidoscopio es mucho más completo. El comienzo de la carta que va en cursiva corresponde a una carta real. Este recurso lo utiliza la autora durante el libro, después de habernos advertido de ello al iniciarlo. La pasión que Vita exhibe en el fragmento es innegable. Su escritura es vigorosa y de una gran expresividad. 

Con respecto al apéndice hay que decir que resulta muy explicativo de algunos aspectos que, de otra forma, quedarían en la oscuridad. El hecho de que se intente que la novela recale en los sentimientos y emociones de las dos protagonistas hace que la autora insista en dotarla de verosimilitud y para ello se apoya tanto en las notas a pie de página como en las cuestiones que trata y desarrolla en este apéndice. Es una estructura poco usual en una novela, pero que ayuda al conocimiento de Vita y Virginia, del ambiente en que vivieron y de las circunstancias de su relación. En realidad, en ningún momento, leyendo las cartas, nos sentimos que leemos una novela, más bien nos parece que son cartas reales que personas reales escribieron. 

Por último, la bibliografía contiene las obras que la autora ha leído sobre Virginia y las que ha leído de Virginia. No se conoce ninguna biografía de Vita, como remarca Pilar Bellver. 

A Virginia le gustaba Vita. Pilar Bellver. Editorial DosBigotes. Junio 2017


domingo, 6 de agosto de 2017

"Me los dejó en un plato y se fue a tientas"


¿Qué haces? ¿Cómo estás? ¿Qué piensas? ¿Dónde miras?

Se vuelcan las preguntas. Las preguntas aquellas que sembraban las noches y los días, que cuajaban palabras en el texto, que se abrían como flores en la tarde. Creyó que el sentimiento espantaría el sonido de la interrogación y un trasfondo algebraico, un murmullo aprendido, cubriría para siempre el invisible lazo. 

¿Dónde vas? ¿Por qué eso? ¿Qué me dices? ¿Te enfadas?

Se estiran las preguntas. Hay un rumor a sueño que ensucia el aire tibio y la atmósfera firme de las noches en vela. Y una necesidad de que se escriban besos, de que se aparte el miedo, de que se encuentre todo. Creyó que sus misterios eran correspondidos y que la mano firme que empuñaba el teléfono tenía sabor a rosas, a cristal deshojado. 

Se ha equivocado en todo. No hay razón que lo explique, ni circunstancia alguna, ni cambio, ni protesta. El vacío del buzón que no se abre. El hueco de la voz en la distancia. La risa que no suena. Se ha equivocado en todo. Ni versos de Cernuda o de González. Ni películas mudas. Ni vídeos de canciones atrozmente pasadas. Ni huellas en los ojos. Ni temblores.

Creyó que era el amor lo que sobraba y ahora ya sabe que no era nada entonces, que no era nada nunca, que la nada es la nada.

Me los dejó en un plato y se fue a tientas. 

martes, 1 de agosto de 2017

Cartas, relaciones, cartas...


Podría escribirse una historia del sentimiento amoroso a través de las cartas. La relación epistolar ha construido relaciones y las ha destrozado. Ha cerrado capítulos y ha mantenido la ilusión cuando la distancia se ha convertido en eje. Ahora, en nuestros días, esa distancia no tiene que ser física. Aposentados cada uno de nosotros delante del ordenador, en cualquier momento sale al aire de la Red un mensaje de correo electrónico (encantador anacronismo del tú a tú que está a punto de ser declarado especie a extinguir) y, por qué no, el aviso en forma de tuit o el intrigante post de Facebook, que se dirige al mundo aunque a ti se dirige. 

Descifrar los mensajes, las entradas, los post, las canciones o los enlaces, es un deporte actual que requiere perspicacia, conocimiento y tiempo. Ahora el tiempo nos sobra y por eso hemos inventado el verbo procrastinar. Yo procrastino, tú procrastinas y todos procrastinamos en alegre compaña. Debería haberse imaginado un vocablo más fácil para una actividad tan cotidiana. Pero, seguramente, cuando se creó en ese proceso misterioso del lenguaje, nadie podía suponer que la era de Internet iba a ser, también y como consecuencia, la era de la procrastinación. Nada de predestinación ni de prostitución, acabemos.


He aquí que en “Orgullo y Prejuicio”, escrita en 1795 y publicada veinte años después, las cartas juegan un papel esencial. Son la manera en la que los personajes se afirman, se rebelan y se niegan a perder. A punto de que el mundo se derrumbe, mientras en “Casablanca” alguien de manos negras tocaba una canción al piano, aquí, en las serenas llanuras de Longsbourn o en las agrestes colinas del Derbyshire, son las cartas el ungüento que limpia las heridas y que fortalece los sentimientos. Nadie se resigna, he ahí la cuestión. Sin dramatismos, con apenas unas lágrimas y con mucha perseverancia, algunas cartas son definitivas. Veamos. 

El señor Collins dirige una carta al señor Bennet para anunciarle su visita. El jolgorio de su lectura solo es comparable a los ratos de comicidad que esa visita trae al devenir cotidiano de la familia. No solo Collins es un tipo estrambótico, sino que sus relatos podrían ocupar varios tomos dedicados a la gente más absurda. La absurdez es el signo de esa carta y la manera en que Austen nos presenta a los personajes divididos en dos hemisferios: el de los ingeniosos y el de los obstrusos. 


Después de la desgraciada manera con la que Darcy declara a Elizabeth su amor, más o menos como si haberse enamorado de ella fuera una condena divina que tuviera que arrastrar por los siglos de los siglos y tras el correspondiente rechazo que un acto tan presuntuoso bien merecía, he aquí que él se revuelve contra la negativa de la manera más elegante posible: abriendo su corazón en una carta. Es una carta de aclaraciones, llena de dignidad pero que intenta hacer toc-toc en la puerta cerrada de Elizabeth. Y lo consigue, como ya sabemos. 

Casi al final del libro ella se entera de que Darcy ha estado presente en la boda de su frívola hermana Lydia con el vividor Wickham. La extrañeza que siente la lleva a inquirir de inmediato a su tía, la señora Gardiner, sobre tal hecho. ¿Qué hacía Darcy actuando de padrino del hombre al que probablemente más detesta? He aquí que la respuesta a su zozobra abre, por fin, la explicación más clara acerca de las cosas. Tanto él se ha ocupado de evitarle preocupaciones, que no puede sino indicar un amor ya incondicional, como deben serlo, si es posible, los amores que se precien de tales. 


El corazón se convierte en tintero, desmenuza el interior y lo muestra a los ojos de la otra persona, que recibe la confidencia como si fuera un regalo. Y, al fin, eso es lo que es. Un hermoso regalo que atraviesa el territorio de la emoción y crea un lazo único cuando el emisor y el receptor hablan el mismo lenguaje. 

lunes, 31 de julio de 2017

"La última palabra" de Hanif Kureishi


Hanif Kureishi es un escritor interesantísimo. Uno de esos con voz personal, estilo propio y una prosa afilada, certera, pero llena de recovecos, en la que una se puede disolver con facilidad a veces y otras veces con resquemor. Tiene cosas difíciles y otras que inquietan. Pero desde que leí su libro "Intimidad", me ganó para su causa si es que la tiene o la tuvo. 

Nacido en Londres, de origen paquistaní, en 1954, ha escrito novelas y guiones de películas, algunos de ellos tan famosos como "Mi hermosa lavandería". Esta novela "La última palabra", se publicó por Anagrama en 2014 y ha llegado ahora a mis manos, de esa forma accidental pero quizá oportuna con la que los libros que leemos se acercan a nosotros. 

La historia tiene como protagonista a un escritor de tremendo éxito que tiene setenta y tantos años y una vida azarosa, que el gran público no conoce aunque intuye. Malhumorado, cabizbajo, prepotente, seguramente misógino, narcisista desde luego, lleno de manías, imbuido de su superioridad, ha ido dejando cadáveres a lo largo de su vida. Mamoon Azam, que tal es el nombre del sujeto, ha hecho desgraciadas a muchas mujeres y está en un momento delicado. Sus finanzas no corresponden a su gloria. Así, un editor despierto y borrachín decide que lo mejor para relanzarlo y para ganar dinero con sus libros, es escribir una biografía y se la encarga a un joven, Harry Johnson, que ve en el libro su gran oportunidad. Dejar de ser uno más y convertirse en alguien imprescindible en los círculos literarios. Conjurar así la amenaza, cierta en muchas ocasiones, de dar clases en un colegio de secundaria. 

Para poder escribir ese libro Harry deberá trasladarse a vivir a la casa que Azam comparte con su última esposa, una revoltosa italiana, veinte años menor, bastante interesada y propensa a los ataques de nervios, Liana y tendrá que rebuscar entre papeles antiguos, diarios de mujeres, charlas conseguidas a contrapelo con el protagonista, de manera que los acontecimientos irán sumando datos a lo que ya está en las hemerotecas. Los hechos, como dice Harry, confirmarán o negarán sus teorías acerca del genio. 

Esa mezcla de diversión y reflexión, esa prosa llena de provocaciones, esas situaciones cómicas y trágicas a la vez, ese tono de comedia íntima, social y personal, todo eso está en el libro. Y son ingredientes que te hacen disfrutar de la lectura, que te atrapan desde el principio y que te sitúan directamente dentro de la acción. Los conoces a todos, crees conocerlos al menos y ahí estás tú, una espectadora, atónita, sorprendida, regocijada y, siempre, llena de estímulos para seguir leyendo. 


La última palabra. Hanif Kureishi. Editorial Anagrama. Panorama de narrativas. Barcelona, 2014. Traductor: Mauricio Bach. 

sábado, 29 de julio de 2017

Casarse por amor


(Elizabeth Bennet y María Lucas contemplan la llegada a la casa de los señores Collins del faetón en el que viajan la señorita De Bourgh y su institutriz)

Jane es la más “hermosa y dulce” de las hermanas Bennet. Por eso mismo a ella le corresponde la obligación de asegurar el sustento de la familia a través de un casamiento ventajoso. La propiedad familiar está vinculada a la rama masculina y, dado que los señores Bennet “solo” han tenido hijas, pasará a manos de un primo lejano, a la sazón clérigo, el señor Collins

Pero Jane quiere “casarse por amor”. Así lo confiesa a su hermana más querida, Elizabeth, en esas horas de intimidad a la luz de las velas que ellas comparten antes de acostarse. Mientras cepillan sus largos cabellos desgranan esas confidencias que a nadie más contarán. De igual forma que el pelo vuela despojado de la prisión del recogido que habitualmente usan en público, así ellas dan rienda suelta a sus sueños, en los que, aun siendo muchachas pobres, esperan el milagro de encontrar a un marido, a ser posible, rico, guapo y sensato. 


(Kitty, Lydia, Jane y Elizabeth Bennet)

Las características del hombre ideal se dejan ver en esta conversación entre las dos hermanas, hablando de Bingley, al que acaban de conocer:

-“Es exactamente lo que debe ser un joven-dijo-:razonable, con buen humor, animado; ¡no he visto nunca modales tan perfectos! ¡Tanta soltura y una buena educación impecable!

-Y además es muy bien parecido-replicó Elizabeth-, que es algo que un joven debe igualmente procurar; si es que está a su alcance. Cabe decir, por lo tanto, que es un joven muy completo.”


(Elizabeth Bennet con su mirada puramente ingeniosa y su sonrisa pícara)

No deja de resultar una excentricidad, casi un escándalo, en esos años finales del siglo XVIII en los que se escribe el libro (Orgullo y Prejuicio como habéis adivinado) el deseo de no convertirse en tristes matronas aprisionadas por la costumbre, más madres que esposas; más esposas que mujeres. Y una modernidad, una seña de individualización emocional que no debería pasar desapercibida. Estas chicas son, por ello, inconformistas, rebeldes casi. Y lo son en aquello que está en su mano: la elección del marido. 

La postura de las cinco hermanas puede constituir en sí misma todo un tratado de la manera en que la mujer Austen observa su propio destino e intenta intervenir en él. Jane, la mayor, quiere un matrimonio por amor. Elizabeth representa el equilibrio pues, aunque los sentimientos son para ella un reclamo importante, sabe también que la economía, cuando es insuficiente, lastra todos los afectos y acaba con los más sólidos. Por su parte, Mary no quiere casarse y esto, una mujer aferrada a sus libros y alejada de las emociones y vaivenes de la juventud, no deja de ser otro rasgo modernísimo. Kitty y Lydia, las más jóvenes, ansían únicamente tener a su lado a un “casaca roja” que las colme de aventuras y las acompañen a cuantos más bailes mejor. Pero ya sabemos que Lydia dará un paso adelante y se fugará con Whickam, un tipo sin escrúpulos con el que acabará casándose en un matrimonio que terminará siendo el prototipo de lo que no debería ser una unión. 


(La boda de Jane Bennet y el señor Bingley, por amor y con dinero)

Es así como Orgullo y Prejuicio se aparece ante nuestros ojos de lectores del siglo XXI como una novela moderna. La actitud de Jane y de Elizabeth es signo inequívoco de la importancia que las mujeres daban y damos a la vida sentimental (el centro de nuestra trama vital, el que impulsa o entorpece el desarrollo personal e, incluso, profesional), pero es también una prueba fehaciente de que las mujeres Austen reclaman poseer un criterio propio y abogan por el derecho a defenderlo, aunque sea equivocado. 

Poder elegir, optar por el amor ante la conveniencia, no estar sujetas a convenciones arcaicas, decidir no casarse, son los elementos de este toque moderno que la novela presenta. Una actitud pionera que no todos los lectores de Jane Austen son capaces de apreciar pero que representa un elemento más de los muchos matices que su obra contiene. 


Orgullo y Prejuicio. Jane Austen. Edición de Alianza Editorial. Traducción de José Luis López Muñoz. Cuarta reimpresión, 2012. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Una casa en Hampshire


Es una casa de ladrillo visto, de planta rectangular, con dos alturas y buhardilla, tejado a dos aguas, ventanas blancas y una puerta de acceso de tamaño mediano, sin escalones. Sencilla pero elegante según el canon constructivo del estilo Regencia. 

Toda la casa está al pie de la carretera, lo que aseguraba la distracción de sus moradoras. Cuatro mujeres solas. Por dentro tiene habitaciones pequeñas, poco acogedoras. El jardín que la rodea, escaso, está muy cuidado y la yedra escala los muros del acceso principal, formando un agradable arco de medio punto. Para los ojos extranjeros es la morada típica de una familia de la gentry, la clase media rural inglesa. Para los iniciados, para los miles de seguidores de su obra, es la casa en la que Jane Austen vivió sus últimos ocho años, los transcurridos entre 1809 y 1817. La casa en la que logró reencontrarse con la escritura, después de los años de sequía creativa de Bath, y en la que escribió sus últimas novelas. Fue uno de esos raros períodos de tranquilidad de su corta vida, que no duró mucho. En esta casa se escribió “Emma”. 

Steventon, en cuya rectoría nació; Bath, donde estuvo seis años y Chawton, son los espacios vitales más importantes en la vida de Jane Austen. En el caso de la ciudad de los balnearios, el efecto sobre su obra fue demoledor. Incapaz de escribir una sola palabra, suponemos que sus ideas y sus pensamientos se fueron acomodando en algún rincón de su cabeza a la espera de tiempos mejores. Ah, cómo entiendo esta sensación de silencio aparente. 

Al ocupar la casa, por cortesía de uno de sus hermanos, su madre, su hermana Cassandra, su amiga Martha y ella misma, todos consideraron que ya era hora de que dispusiera de un espacio específicamente dedicado a la tarea de escribir. Antes de eso, Jane Austen había sido una escritora sin “habitación propia”. No es este tema una cosa baladí. Lo dijo Virginia Wolff, que quiso significar así la necesidad de reconocer la tarea de escritora que las mujeres mantenían en la clandestinidad y en condiciones precarias. Tener un lugar propio es una forma de afirmación. 

Se reservó el comedor de la casa, que era una estancia luminosa y de mayor tamaño, para que ella pudiera escribir en un lugar cómodo y tranquilo. Esto significó que la zona de estar se relegó a un pequeño cuarto que daba a la parte de atrás. Los ingleses son muy aficionados a la contemplación de la naturaleza y a la vida social, por lo que esa renuncia tenía gran importancia. El comedor daba al camino y a los jardines de acceso. Esta decisión supone una clara aceptación de su trabajo, la evidencia palpable de que eran todos conscientes de la trascendencia de aquello que hacía. 

“Emma” se escribió en esta casa. Cassandra Austen, hermana y albacea de su hermana Jane, anotó exactamente el período de tiempo que duró esa escritura: del 21 de enero de 1814 al 29 de marzo de 1815. La novela fue editada por John Murray, fundador de Quarterly Review y editor, a su vez, de Lord Byron

Murray dio a leer el manuscrito al crítico William Gifford, que hizo una alabanza de la obra tras su lectura. En torno a la novela está, además, la polémica de su dedicatoria. Efectivamente, es la única obra de Austen que aparece dedicada. Sabemos que durante unos meses Henry Austen, hermano de Jane, estuvo gravemente enfermo y que uno de los médicos que lo atendieron también prestaba sus servicios en la Corte. Su intervención en el asunto concluyó con una recomendación del bibliotecario real, James Stanier Clarke, para que ella dedicara su novela al Regente. Así se hizo: A su Alteza Real El Príncipe Regente, esta obra está, por permiso de su Alteza Real, respetuosamente dedicada, por la sumisa, obediente y humilde servidora de su Alteza Real, la autora.

¿Qué pensó Jane Austen de esos calificativos que tuvo que usar o que alguien incorporó a la dedicatoria, refiriéndose a ella, sumisa, obediente y humilde? Lo que sabemos es que la escritora no estaba de acuerdo con esta dedicatoria, ni siquiera con dedicársela a ningún miembro de la familia real, pero le explicaron con claridad que una sugerencia era, en realidad y en este caso, una orden. Del libro se imprimieron dos mil ejemplares que era un número considerable para la época. Los tres volúmenes en los que se presentó, a razón de diecisiete o dieciocho capítulos cada uno, se vendieron a 21 peniques. El Príncipe Regente no agradeció el envío ni comunicó nunca si había leído la novela. 

Jane Austen era una mujer inteligente. Sus comentarios eran muy agudos y tenía una gran capacidad de observación. No podía ser de otro modo la persona que escribe novelas como las suyas. Pero, además, tenía sus propios mecanismos de defensa para sobrevivir en el medio en el que desarrolló su vida. Uno de esos mecanismos fue el silencio. Sus muchos silencios se vieron aumentados por la poda que, a su muerte, realizó Cassandra de sus cartas y documentos personales. Pero, a pesar de ello, tenemos claro que la casa de Chawton ejerció una influencia benéfica en su disposición natural a la escritura y permitió que inventara y diera a la luz una novela como “Emma”, tan llena de talento, encanto y belleza. 


martes, 25 de julio de 2017

Gente cursi


Ser cursi no tiene época, ni clase social, ni edad, ni sexo. Es una actitud que procede de la equivocada percepción de quien quiere ser sin poder, de quien olvida las virtudes que adornan al individuo auténtico: la verdad, la espontaneidad. En Orgullo y Prejuicio, el libro que Jane Austen escribió con veinte años y publicó mucho tiempo después, hay espléndidos ejemplos de cursilería. 

Para no ser exhaustivos, quedémonos con uno: las hermanas de Bingley. Caroline Bingley y la señora Hurst dan vivas muestras de ser unas auténticas representantes del cursilísimo hábito de mirar a los demás por encima del hombro y de querer parecer más de lo que, en realidad, son. 

Porque, vamos a ver, todavía se me escapan los méritos que ambas damas poseen para considerar que la sociedad de Longbourn es poco refinada para ellas. O que el noble ejercicio del comercio y de la abogacía son claramente manchas en su curriculum familiar. O que los Bennet son inferiores por el hecho de tener una madre bocazas. Así podíamos hacer una enorme lista de consideraciones que nos dejarían patidifusos. O, mejor, patidifusas, por cuanto considero que la lectura de este artículo es cosa de damas y no de señores, que andarán, Dios lo sabe, revisando por enésima vez el fuera de juego del partido de X contra Y, esa épica hazaña que no se les borra del disco duro. 


Recuerda el baile en casa de los señores Lucas en el que Darcy conoce a Elizabeth. Allí llegan, pagados de su grandeza, el propio Darcy, Bingley, sus hermanas y su cuñado. Un cuñado, por cierto, como deben ser los cuñados: borrachines, aprovechados y vividores. La gente del lugar los admira por sus vestidos elegantes, sus peinados sofisticados y sus expresiones afortunadas. Nada de cockney, inglés de Oxford cien por cien. Y, por sus miles de libras de renta, todo hay que decirlo. “No sería tan guapo si no fuera tan rico”, Elizabeth Bennet dixit. 

Pero, aclaremos. Es Bingley quien tiene cinco mil libras de renta al año. Y sus hermanas, sencillamente, viven de él. Por eso, entre otras cosas, no les interesa para nada que él se comprometa con una chica. Serían segundonas en la vida y hacienda de su hermano. Así que no está de más portarse indecorosamente orgullosas y considerar que todos esos vecinos les deben un favor por acceder a acudir a su fiesta mediocre. El campo inglés en estado puro, la gentry, recibiendo ad hoc a la élite de la sociedad londinense. 

En la gran sala de baile de los señores Lucas (grande, pero incomparablemente más pequeña que la de la ínclita tía de Darcy, Lady Catherine de Bourgh), la mirada aviesa de las Bingley otea el horizonte y recorre, parsimoniosamente, el perímetro, observando a los bailarines, sus atuendos, sus peinados y joyas, así como la habitación, el moblaje, las velas, los criados…Puro cotilleo, diríamos hoy. Y sin condescendencia alguna. Cortar trajes es una ocupación tan vieja como el mundo. Y que no excluye a nadie por razones de sexo, clase social, raza o creencias, añado. 


Ellas mismas, la señora Hurst y la señorita Bingley, van ataviadas de un modo exagerado, a la última moda de Londres. Vestimentas que pueden resultar adecuadas para ir al teatro o a una recepción en el palacio de Saint James pero no desde luego para un baile campestre que es, al fin y al cabo, lo que podría definir este festejo. Las chicas Bennet, las Lucas, el resto de invitadas, usan la muselina, la seda o el encaje blanco, beige, gris, celeste o rosa, propio de los bailes de la época, en los que no existiendo luz eléctrica había que alumbrarse con velas y lograr que la atención recayera en la ropa a través de esos tonos luminosos. Pero las Bingley, que han decidido hacerse notar, aparecen con vestidos estruendosos, de colores llamativos, con aderezos imposibles en el pelo, perlas en el cuello, pulseras estrambóticas, con un modernismo elegante, en suma, fuera de lugar. Son ostentosas y, por ello, resultan cursis. En un instante, al “verlas”, pienso en Hermione Roddice y su atuendo gris de plumas en la boda de la hija pequeña de los Cricht, allá en las Middlands.  

También su actitud lo es. La displicencia con la que tratan al señor Lucas, del que se ríen abiertamente al considerarlo un tendero venido a más. La diversión que obtienen del comportamiento de la señora Bennet, harto llamativo desde luego, pero que se convierte en objeto de sus chanzas. El desprecio hacia Wickham, no por sus hechos deleznables con Darcy sino por su origen, por ser hijo del administrador de Pemberley. En la cursilería hay mucho de clasismo aunque, repitiendo una frase de origen familiar (de mi familia, aclaro): “Tanto presumir y no saben que existen los cubiertos de pescado”. 


Por supuesto, la ojeriza que siente Caroline Bingley hacia Elizabeth tiene un origen más prosaico y quizá más profundo al mismo tiempo. Es tan sencillo como la mirada de las brujas sobre las hadas mismas. Se da cuenta de inmediato de las atenciones y el interés que la muchacha despierta en Darcy, en el que ella tiene puestos sus ojos aunque, todo hay que decirlo, de manera inútil porque a él no le interesa ni le gusta lo más mínimo. En eso demuestra Darcy su inteligencia, algo no tan común en los hombres a la hora de elegir el objeto de su veneración. 

Cursilismo, cursilería, cursis, cursilísimas, todo ello puede leerse en este delicioso libro que nunca agota nuestra imaginación ni el placer de conocerlo. 


(Orgullo y Prejuicio, Jane Austen) (Fotografías de la versión de la BBC del libro, 1995)


lunes, 24 de julio de 2017

Emma y los libros Austen



Las opiniones de la gente cercana a Jane Austen sobre su novela de madurez, "Emma", fueron variopintas. Su hermano Edward, al hacer el ránking de sus preferencias, la colocó detrás de “Orgullo y Prejuicio” y “Sentido y Sensibilidad” y únicamente antes de “Mansfield Park”

“Persuasión” aún no se había publicado, pues fue obra póstuma. Y tampoco "La abadía de Northanger". Su hermana Cassandra había establecido ya otro orden de preferencias. Para ella el primer lugar lo ocupaba “Mansfield Park” y le gustó “Emma” más que “Orgullo y Prejuicio”


A su sobrina Fanny no le gustó nada el libro, lo encontró insoportable, o, más bien, a la protagonista. A la madre de Jane el libro le resultó entretenido, mucho más después de la reciedumbre de “Mansfield Park”. Y también opinaron de él una amiga, la señorita Sharp, de oficio institutriz, que adoraba “Orgullo y Prejuicio” pero que consideró a “Emma” como un buen libro con un personaje maravilloso, el señor Knightley, claro. A otra de las amigas, Alethea Bigg, el libro no le gustó nada y las mujeres del mismo tampoco. La observación de la señorita Sharp acerca de la incongruencia que suponía que una persona tan anodina como Jane Fairfax fuera capaz de prometerse en secreto, quedó sin respuesta.

Con respecto al personaje protagonista, Emma Woodhouse, ya había advertido la propia escritor antes de crearlo que estaba segura de que no le iba a gustar a casi nadie. Parecía divertirle este hecho, esta invención de una heroína contracorriente, sin la popularidad unánime de la que, entre su entorno cercano, disfrutaba Elizabeth Bennet. La pugna Elizabeth-Emma continúa a día de hoy, pues son las mujeres más atractivas de su universo, con permiso, claro está, de las hermanas Dashwood


Las opiniones entre los vecinos de parroquia de Jane no fueron positivas. La mayoría de los que lo leyeron no estaban de acuerdo con algunos personajes o con detalles de la trama. Los hubo quienes pusieron el grito en el cielo con determinadas escenas y por ese lado no pudo encontrar la autora muchas satisfacciones. Sorprende pensar cómo esta crítica cercana era tan contundente o más que la externa. Y no sabemos, desde luego, de qué forma la tomaría ella. Indiferencia, preocupación, respeto, quién lo sabe.

Las mayores reservas profesionales vinieron del editor John Murray. Tras leer el libro lo envió a Sir Walter Scott y le pidió, de una forma bastante poco adecuada, que escribiera sobre él: 
“¿Le apetece escribir deprisa un artículo sobre “Emma”? Le falta acción y romance ¿no es cierto?” 


Efectivamente, a toda prisa escribió Scott una breve reseña para salir del paso. Pensar en cuántos de estos escritores-críticos-editores han despreciado una obra por no pararse a pensar en ella o en leerla con atención o por prejuicios inoculados por perversos tipos con levita, resulta abrumador y preocupante. Pero así era y así es.

Esa crítica liviana, sin apenas consistencia, de entonces, cambió cuando, a los diez años de morir Jane Austen, volvió Scott a hablar de ella y de su obra: 

“El talento de esa joven para describir las relaciones, los sentimientos y los personajes de la vida corriente es, para mí, lo más maravilloso que he conocido. Los brochazos de las grandes escenas clamorosas puedo darlos yo mismo, como cualquier otro, pero la pincelada exquisita que hace interesantes las cosas y los seres más comunes, gracias a la autenticidad de la descripción y del sentimiento, me ha sido negada”.


Posteriormente, la obra de Jane Austen ha pasado por etapas de olvido y de resurgimiento. Su tardanza en ser publicada en algunos países y el escaso interés que, durante muchos años, tuvo la novela considerada romántica, aunque sin motivo, determinó que se relegara a determinadas estanterías exclusivamente femeninas. El resurgir ha sido esplendoroso, aunque no exento de trivialidad. 

No obstante, es evidente que hoy estamos en el mejor momento posible para entender en toda su magnitud el fenómeno Austen y el sentido de “Emma” en el conjunto de su obra. 

(Todas las imágenes pertenecen a la película "Emma") 

jueves, 20 de julio de 2017

El estilo Austen

En la biografía que Claire Tomalin ha escrito sobre Jane Austen, editada en castellano por Circe,  hay una frase que me hace pensar: 

“Las damas y caballeros de Kent, a quienes Jane se arriesgaba a inquietar con su inteligencia, pertenecían a la familia de Edward y a su círculo social”.

Pasemos por alto quién era el tal Edward y fijémonos en la primera parte de la frase: 

“se arriesga a inquietar con su inteligencia”.....

Veo con claridad ese salón en la casa de Kent y veo a las damas y a los caballeros observando a Jane, su sencillo vestido, su peinado discreto, sus manos serenas y bien colocadas sobre el regazo. Y su implacable sentido del humor. Y su enorme ingenio. Y su aptitud para poner nombres a las cosas. Y sus juicios llenos de inteligencia práctica. Y su imaginación para inventar historias. Y su capacidad para observarlos a todos desde lejos. Y entonces entiendo que la naturaleza reparte dones y ni siquiera sabes por qué, en ese sorteo injusto, a unos les toca mucho y a otros poco. Y a Jane, por mucho que lo pensemos, le tocó lo más caro. El talento.

Su opinión sobre Kent, plagada de ese aire irónico que daba a sus escritos, puede observarse en algo que escribe un duro invierno en Hampshire: “En esta parte del mundo todos son tan terriblemente pobres y económicos, que he perdido la paciencia con ellos....Kent es el único lugar donde se puede ser feliz; allí todos son ricos”

¿Cuánto de esas damas que conoció en Kent trasladó la escritora a sus “mujeres”, a las protagonistas y secundarias de sus libros? ¿Cuánto había de los vecinos de su aldea, de las parroquianas de Steventon, la rectoría de su padre? ¿Cuánto de las elegantes de Bath? ¿Cuánto de las personas que conoció, fugazmente, en sus viajes a Londres? ¿Cuánto de su imaginación?


Esa capacidad de observación, esa forma natural de asimilar lo que veía, esa facilidad para escribir no se corresponde únicamente con lo que llamamos “inspiración”. No. En Jane había mucho trabajo, mucha elaboración, siquiera sea por la lejanía entre escritura y publicación, que le daba ocasión de repasar y repasar sus escritos. No sabemos si era perfeccionismo o mera circunstancia. Cuando escribió la primera versión de “Orgullo y Prejuicio” tenía veinte años. La publicó con treinta y siete. “Sentido y Sensibilidad” se publicó dieciséis años después de ser escrita. “La abadía de Northanger” no logró encontrar editor hasta veinte años después de escribirse y se publicó cuando Jane Austen había fallecido.

Una característica esencial de lo que llamo “el estilo Austen” es que ensaya fórmulas narrativas diferentes en cada una de sus obras. No repite prototipos. No vuelve sobre temas anteriores. Ensaya y ensaya. Experimenta. Todas sus obras abren un camino diferente que se queda abierto para que los escritores posteriores lo transiten. En sus novelas hay siempre una escena crucial, no desde el punto de vista de la historia, sino del estilo. En “Sentido y Sensibilidad”, por ejemplo, está claro que es la que protagonizan Fanny Dashwood y su marido, a la hora de decidir cuánto dinero pasarán a la señora Dashwood y sus hijas a la muerte del padre. Dieciséis frases maestras de la manipulación en la que se cambia la intención del hombre sin que éste lo pueda ni siquiera notar. Genial.
Hay una circunstancia que me gustaría hacer notar: cuando escribe “Orgullo y Prejuicio” está pasando uno de los momentos personales y familiares más difíciles. En cambio, es el libro más amable, divertido y lleno de buenos momentos. Una forma, quizá, de conjurar el dolor, de hacer que la vida fuera más amable. 


Jane Austen se refugia en la escritura de manera que, siendo así que escribir es una actividad que la complace, no se preocupa tanto de si se publicará o no lo que escribe. Es una escritora en sí misma. Por ella misma. Sin ataduras de editores o de público. Hasta qué punto si hubiera tenido presiones editoriales su obra tendría otro sabor, es algo que no podemos conocer. Solamente se pueden hacer conjeturas. Pero el caso es que escribió sus libros con total libertad, sin esperar nada a cambio salvo el placer de escribir aunque nunca podría evitar sentir esa satisfacción especial de ver tu obra publicada. Pero esa es otra cuestión que en nada atañe al estilo.

A veces es precisamente la escritura, la literatura, la que consigue que nos convirtamos en algo que no somos pero que querríamos ser. En el caso de Jane Austen está claro que la alegría y la espontaneidad de su carácter, así como el ingenio, tienen mucho que ver con el personaje de Elizabeth Bennet (seguramente la muchacha más encantadora de cuantas describe) no es menos cierto que los Bennet vivían con un bienestar que los Austen nunca conocerían. Aunque las cuentas no salen, como ya sabemos, y aunque la propiedad está vinculada a la rama masculina (de ahí la llegada intempestiva y cómica del señor Collins), está claro que las chicas Bennet no saben llevar una casa, no hacen labores domésticas y el señor Bennet se pasa el día en su biblioteca y haciendo bromas sobre la vida que a nada conducen. Realidad y fantasía son divergentes. 

He ahí el talento claro de una escritora. 

(Imágenes: Londres en tiempos de Jane Austen)